Cuentos

“Mil revanchas”

Apenas terminó el partido, Cachi saltó del sillón…
No. Me corrijo, apenas terminó el partido no, un largo rato después, cuatro minutos dolorosos, mudos e interminables después de que el partido finalizó, Cachi cobró vida, saltó del sillón y rompió el silencio: ¡Nos afanaron!, dijo, gritó. Sí, nos afanaron, confirmó el Colo, y de inmediato volvió a llover una catarata de insultos de todos nosotros contra Rizzoli y Neuer por el penalazo que no le cobraron al Pipa Higuaín.
Horacio apagó la tele en pleno festejo alemán que ninguno de nosotros quiso ver.
Quiero revancha —decía Cachi que no se cansaba de caminar por toda la sala—. Quiero revancha ya.
Tardamos en volver a juntarnos, siempre había una excusa, nos esquivábamos, como si nosotros mismos fuéramos el mal recuerdo, hasta que Cachi se plantó en la casa de cada uno y nos dijo: El miércoles es la revancha. La vemos en casa. Tan serio estaba que sólo le dije: . No me atreví a explicarle que el partido era un amistoso, que nunca iba a ser una revancha, que Argentina podía ganarle a Alemania todos los partidos de acá hasta el último de los días pero que la final de la copa del mundo ya se había jugado y que nunca más se volvería a jugar, que seguramente se jugarán otras finales pero esa, no, y por lo tanto, la revancha no existía.
El miércoles llegué temprano y ya estaban todos, sentados en los mismos lugares. ¿Y si cambiamos? —preguntó el Colo—. La vez pasada la cábala no funcionó. Este partido es otro, aproveché y dije. El partido es siempre el mismo —me respondió Cachi mientras dejaba sobre la mesa un paquete con facturas y una bolsita con bizcochos—, los buenos contra los malos. ¿Y nosotros? —preguntó el Colo en medio de una carcajada— ¿Somos los buenos o los malos? Yo me callé la boca, tuve ganas de explicarle a Cachi que cada partido se jugaba una sola vez, pero él tenía tanta bronca acumulada que no me hubiera entendido. Horacio, que otra vez comandaba el control remoto, cambió de tema con una noticia que sabíamos todos: Vamos sin Messi. Sí, dijimos los demás casi a coro. No importa —agregó—, mi admiración por Lio está herida.
Era evidente que el nocaut de la final del mundial seguía doliendo.
Después de gritar como un desaforado el cuarto gol argentino —el del Fideo Di María— el Colo, con media tortita negra todavía en la boca, se dejó caer satisfecho sobre el sillón y dijo: Vieron, el fútbol siempre te da revancha. Fideo… Fideo… —se lamentaba Horacio—, si hubieras jugado la final ganábamos por goleada. Cachi los miraba en silencio. ¿Qué pasa? —le pregunté— ¿No estás contento? Sí —me respondió—, pero estos cuatro goles no me alcanzan. Claro que no —le dije—, ni cuatro ni ocho. Aquel partido ya fue, vas a tener que pasar por mil revanchas para poder olvidar. Tal vez tengas razón —me reconoció Cachi—, ahora sólo faltan novecientas noventa y nueve.
Pasó casi un año. Durante este tiempo nos juntamos a ver la derrota contra Brasil y el triunfo contra Croacia mientras ansiosos esperamos el premio consuelo que ojalá sea la Copa América. En la tele repiten los goles que hace minutos le metió Messi al Bayern por la Champions. Veo caer a Boateng víctima de la gambeta noqueadora de la Pulga y veo el esfuerzo y el enojo de Neuer que por primera vez en una cancha se siente ridículo.
Suena el teléfono, sé que es él.
Hola, Cachi. Hola, Nene ¿Lo viste?, me pregunta. Por supuesto que lo vi. Cada vez faltan menos, me dice. Sí, le digo. Novecientas noventa y ocho, me dice. Sí, novecientas noventa y ocho, le digo. Que ya van a venir, me dice.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 7 de mayo del 2015.

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