Cuentos

“No es bueno que el hincha esté solo”

Llegamos temprano. Guardo el carnet y me mando por la rampa. El Bichi va por donde están las escaleras. Cada uno tiene sus cábalas. Le apuntamos al medio de la platea sur y empezamos a subir. Hay sol.
—¿Por acá está bien? —pregunta el Bichi.
Me freno, miro y busco una referencia. Prefiero no repetir lugares. La última vez que vinimos juntos fue empate.
—Dale un par de filas más.
Pasamos a un gordo de anteojos que nunca vi. Eso me tranquiliza. Tampoco quiero repetir caras. Lugar nuevo, gente nueva.
—Acá —le digo y nos sentamos. Él a mi izquierda. A la derecha dejo dos butacas libres, seguro vienen Dany y los suyos.
El Bichi mira atento el partido de la reserva. Se nota que hace rato que no viene, no se quiere perder nada. Llega bastante gente. Pispeo la hora y le escribo un mensaje a Dany: ¿Vienen? ¿Cuántos son? Al toque recibo la respuesta: Estacionando. Estoy solo. Le cuento al Bichi que va a venir mi amigo.
—Viene solo —le digo, pero para él, que apenas lo conoce, no es sorpresa.
Miro las dos butacas vacías y pienso que una va a sobrar, la primera de la fila. Eso me incomoda, sin embargo, no me muevo. No sé por qué pero siento que el tiempo para que nos desplacemos un lugar caducó, como si las cartas ya estuvieran jugadas.
Observo las cabezas de la gente que va entrando hasta que aparece la bocha de Dany. Me busca donde siempre y no me ve, claro. Me paro y muevo los brazos, exagero, recién ahí gira y me descubre. Cuando llega hasta donde estamos le pregunto una obviedad:
—Viniste solo.
—Sí —me dice y me explica por qué no vinieron Juani, Fran, Lili y el cuñado.
Le cuento que Joaco se fue a Mar Azul.
—¿Con la novia?
—Con la novia.
—Antes tenía asistencia perfecta —dice Dany y el Bichi se ríe.
Termina la reserva, parece que perdimos. El canoso de atrás me devuelve la Vélez Magazine y la hago papelitos. El Bichi y Dany son de escuchar radios partidarias, yo no. Me cuentan los chimentos. Cada tanto miro la butaca vacía, es una de las pocas que quedan. La voz del estadio da la formación y me quejo porque saqué a Mauro del Gran DT.
—Leí que no jugaba —me justifico.
—Yo los tengo a él y a Pratto —se jacta el Bichi.
Aparece un flaco, menos de treinta tiene. Pregunta si el asiento está ocupado y le decimos que no. Tiene puesta la camiseta negra con la V azul. Está solo. Aparece Vélez y apenas se calma la lluvia de papelitos arrojo los míos. Lo miro al flaco y me pregunto cuánto hace que no estoy solo en una cancha, sin un conocido, un pariente o un amigo. Ya ni me acuerdo. Me alegro de que la butaca no haya quedado huérfana. Arranca el partido y al minuto nos dimos cuenta de que los de Gimnasia vinieron a aguantar. Todo es Vélez, Vélez, Vélez. Se lo pierde Mauro y Romerito mete un bombazo en el travesaño. Ellos ni la tocan hasta que a los veinte, Licht corta una bocha y la manda larga, el que la recibe desborda y tira un centro. Contreras, que parecía estar adentro del arco, cabecea. Gol. Nadie entiende nada. Yo no entiendo nada. Convencido de que es off side espero que lo marquen pero Herrera señala la mitad de cancha. El lineman está en la otra punta, lejos de mi asiento y de mi corazón. No puedo verle la cara, saber quién es, ni puedo descubrir por qué no levantó la bandera. Dany rezonga al mejor estilo Tano Pasman y repite que siempre nos meten un gol en el segundo palo. Se queja, dice que está cansado, podrido. El solitario lo mira y hace un gesto como dándole la razón. El Bichi se lo toma con soda, como en las viejas épocas. Y como en las viejas épocas, también, lo envidio. Se nota que Vélez sintió el golpe, no domina y parece aturdido. Cada uno busca una explicación. Lo miro al Bichi y trato de hacer memoria. Recuerdo los goles que gritamos juntos, los campeonatos que festejamos y las copas que vimos levantar, pero no logro recordar cuándo fue la última vez que vino a la cancha y ganamos. Sólo veo ese empate triste con San Lorenzo. Estoy a punto de preguntarme a lo Bambino Pons, ¿Para qué te traje?, pero me arrepiento, no puede ser él. Lo miro al flaco solitario y una mirada no me alcanza para descifrar si es mufa o no. Alguien tiene que ser el culpable. El canoso de atrás grita otro gol que no llega a ser. Se nota que no tiene tanta cancha como quiere hacerle creer a la familia. Dany, que ahora parece un poco más tranquilo, comenta una jugada con el flaco solitario. Pasamos otro sobresalto y coincidimos en que lo mejor es que se acabe el primer tiempo, el descanso nos va a venir bien a todos.
En el entretiempo, el solitario le muestra a Dany la pantalla de su BlackBerry.
—Ahí tenés, mirá —me dice Dany.
Me acerco al mismo tiempo que el flaco me pasa el celular. Veo la imagen congelada de cuando parte el centro en el gol de ellos: el off side es indiscutible, tremendo. El Bichi se asoma por encima de mi hombro y también la ve. Insulto y le devuelvo el BlackBerry al flaco. Él y Dany siguen hablando de la jugada, el Bichi parece disfrutar de que está en la cancha otra vez y yo me lamento por no conocer el nombre ni el rostro del línea de aquel lado; así, anónimo, siento que mi odio hacia él es incompleto.
Vuelven los equipos y arranca el segundo tiempo. Cuando empezábamos a maquinar qué cambio hacer, Pratto mete un zapatazo y calma la ansiedad. El grito de todos es con bronca. Me abrazo con el Bichi y después con Dany. Vélez se agiganta y va por más. El canoso sigue gritando goles que no son, me parece que la familia ya no le cree. Cada vez que Monetti hace tiempo, Dany le dice que pronto va a ir a buscar el segundo adentro. Él tiene fe. Lo miro al Bichi y me pregunto si otra vez será empate. Gimnasia se equivoca en querer jugarnos de igual a igual. El Turu manda a la cancha a Roberto Nanni, en la primera que tiene se la baja de cabeza al Tito Canteros que en una baldosa hace pasar al defensa y se la cucharea a Monetti. El arquero gira para verla entrar, seguramente sabe que será el gol de la fecha. Ahora el grito es desaforado. Ni sé a quién abracé primero.
—¡Andá a buscarla adentro, Monetti! —le reclama Dany.
Vélez sigue siendo demoledor. Le palmeo la pierna al Bichi, estoy contento de que haya venido. Los de Gimnasia no tienen la menor idea de cómo pararnos. Se quedan con diez: roja para Gastón Díaz. Al toque, penal. Maurito agarra la pelota, se acomoda y clava el tercero. Lo grito y me abrazo con Dany y el Bichi al mismo tiempo. Los tres somos uno. Ahí me doy cuenta de que el flaco también está y grita, solitario. Recuerdo el partido de semifinales de la Libertadores del ’94, contra el Junior, el gol del Turu y un abrazo con un tipo que en mi vida volví a ver. Por el costado de Dany encuentro un espacio y asomo una mano, lo busco al flaco y lo aferro. Descubro que los goles que más se sienten son los que se comparten con un abrazo. Él también entiende lo mismo y se suma al festejo. La celebración sigue, aún faltan dos goles más.

Pablo Pedroso
Buenos Aires, 6 de abril del 2014.

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