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“Este día es tuyo y mío”

Dicen que por el gol de Ernesto Grillo a los ingleses el 14 de mayo es el Día del futbolista.

Uno al final decide que más allá del saludo cordial al futbolista profesional en su día, cabe y tal vez con mucha mayor propiedad, el abrazo a los que juegan al fútbol a los que simplemente y nada menos juegan al fútbol; con todo lo que eso significa.

Y la historia nace en el fondo del patio de nuestras vidas, ya desde niños, el ruido de la pelota picando a las dos menos cuarto de la siesta del sábado cuando el barrio se ha llamado a sosiego, es único.

Es como una llamada de amor, como un timbre, una convocatoria única e inolvidable, uno la sentía botar por las calles del barrio y en medio de ese silencio nos íbamos desprendiendo de las casas llevados y atraídos por la pelota como si a ella la llevara el flautista de Hamelín.

Nos colgábamos del hombro del más amigo, del que estaba más cerca y caminábamos rumbo a la canchita en una procesión maravillosa en la previa de un acto sagrado que no tiene igual.

Las tardes pateando la pelota en los potreros hasta que se hiciera de noche, hasta que la vieja llamara para tomar la leche, la pelota desde siempre, de chicos o de grandes.

El fútbol engrasado disimulando su edad y algún hilo descocido, el partido, el picadito, que la pelota pasó por arriba del palo, que fue alto, que fue gol.

A veces pienso si a la hora de los bifes, esto es cuando la pelota rueda, un jugador profesional  sentirá los mismo que cuando jugaba por jugar y esto más allá de la obviedad de la responsabilidad del caso. Me refiero a la emoción de un gran logro, al gusto por una gambeta, por hacer un caño, por un buen quite y ni hablar por un gol.

Por eso decir Día del Futbolista es tan amplio que trataré de contener en el homenaje a todos los que despuntan el vicio y la pasión detrás de una esfera encantada por la que van desde la Quiaca a Ushuaia millones de tipos sudados de gusto, de nervio a la vista, de alegrías, que a veces ni ellos saben que es alegría.

Ser futbolista es primero que nada es ir a patear a cualquier cancha con el bolso preparado, con las vendas, las canilleras, la ropa que lavó la vieja y los botines.

Pararse simplemente enfrente al costado de una canchita esperando que a uno lo inviten a jugar y que le griten “¿Che flaco, querés entrar?”. Y uno va dispuesto a demostrar que es una mezcla de Beckenbauer y Cruyff; y resulta que después se equivoca  y empiezan las excusas, que entró frío, que no conocía la cancha, que no le pasaron ni una pelota.

Ser futbolista es ser compinche en el vestuario, con las vendas y los botines, con olores de los sabrosos como el del líquido del masaje y de los otros no tan santos.

Y ya desde ahí nos alentamos. Las bromas, llenas de códigos, que solo entienden los amigos futboleros de barrio de toda la vida. Los lamentos cuando se pierde y encima tener que recolectar las camisetas y buscar el bolso que dejamos al costado de la cancha. La felicidad cuando se gana, el cosquilleo antes de entrar a la cancha, los más tranquilos, los más inseguros, y luego la ceremonia; la que se prolonga desde que uno tiene siete años hasta el tercer tiempo de los veteranos.

Árbol amigo, rueda alrededor de la gaseosa o la cerveza y la charla sobre todos los bueyes perdidos del mundo, desde el gol que se perdió el nueve a la morocha que se tiene apuntada para el boliche por la noche.

Ser futbolista es el enojo, con el rival, con el árbitro, es lesionarse y aguantar el dolor hasta no poder seguir y pedir el cambio, es esa lastimadura en la rodilla que tuvimos de chicos cuando llegábamos a casa y la vieja nos preguntaba dónde habíamos jugado y luego nos curaba haciéndonos arder un montón  y nos quejábamos pero la verdad que uno estaba chocho de la vida.

Ser futbolista es ser infantil o veterano, es una forma de concebir los ratos libres y hasta es una forma de ver las cosas. Quien no ha jugado al fútbol no es igual, ni mejor ni peor, no es igual.

Esa apilada a los ingleses que hizo Grillo hasta ponerla desde un ángulo muy cerrado en la cancha de River un 14 de mayo del 53 y Argentina ganando por primera vez en la historia a los británicos 3 a 1 sirvió para que con el paso del tiempo se instituyera el Día del Futbolista.

Y está bien, es justo, habría un montón de fechas más por cierto que le caerían bienal día de los que juegan fútbol; si algo está claro, la Navidad de la redonda es el 30 de octubre cuando nació el representante de todos los que juegan a la pelota en el reino de la tierra y más allá todavía.

El 14 de mayo festejamos todos los comunes.

 

Autor: Osvaldo Wehbe