FútbolMás Noticias

La tragedia de Heysel, una historia de fútbol y terror

No hacía falta Murphy ni sus leyes para imaginarse que “si algo puede salir mal, saldrá mal…”. El 29 de mayo de 1985, hace exactamente 35 años, fue el principio del fin y el comienzo de una nueva era. Sin embargo, el punto 0 de La Masacre de Heysel, aconteció el 29 de septiembre de 1984, en Zurich, Suiza, la casa de la Unión Europea de Fútbol Asociado. Ese domingo, su presidente Jacques Georges, ex cabeza de la Federación Francesa de Fútbol (y ex dirigente del Nancy), decidió junto a su Comité Ejecutivo elegir al estadio bruselense de Heysel como sede de la final de la Copa de Campeones de Europa 1985 (más conocida desde 1992, con algunas modificaciones en su formato, como Champions League).

Era la principal competencia del Viejo Continente y sólo la jugaban los 32 campeones de las 32 asociaciones que componían la UEFA. El fútbol será la dinámica de lo impensado pero los dos candidatos, al momento de optar por Bélgica, habían arrancado con el pie derecho los 16° de final: Liverpool, último campeón de la Orejona, consiguió vencer en Polonia al Lech Poznan por 1-0 (gol de John Wark); Juventus, en Finlandia, goleó 4-0 al Ilves Tampere con un hattrick de Paolo Rossi y un gol de penal de un tal Michel Platini.

Cuando los Reds y la Vecchia Signora ya estaban entre los mejores ocho del certamen, se tuvieron que ver las caras en Turín, a partido único (de manera excepcional), por la Supercopa europea. No tenía esta joven disputa demasiada reputación pero, en definitiva, se trataba de un mano a mano entre el fútbol inglés, que a nivel clubes se lleva puestos a todos, contra el italiano, que parecía resurgir después de la Copa del Mundo en España 82. Así las cosas, ese invernal 16 de enero de 1985, el día de La Nevada del Siglo, los piamonteses (ganadores de la Recopa 84) vencieron 2-0 a los de Merseyside (ganadores de la Copa de Campeones del mismo año aunque, aquella noche, con varias bajas) con pelota naranja y gracias a un doblete del polaco Zbigniew Boniek. El título, entre los jugadores, se festejó de un modo bastante particular.

El capitán Gaetano Scirea levantó la copa con la camiseta de Liverpool puesta y el puñado de hinchas británicos presentes entre las 55.384 almas del Comunale, estuvo más pendiente del trato recibido que del juego: cuando derrotaron a la Roma en la capital italiana algunos meses atrás, sus seguidores juraron que fueron emboscados y la pasaron muy mal. Un dato no menor para lo que vendría.

Hubo que esperar hasta el 24 de abril para reconfirmar lo que ya era un hecho. En las semifinales de ida, Liverpool y Juventus ya tenían, virtualmente, su pasaje a la final en mano. Los Rojos le clavaron cuatro a Panathinaikos y los Bianconeros, tres al Bordeaux. La historia estaba escrita. Otra vez, los elencos ingleses se metían en la definición de la Copa de Campeones, lo que había sucedido en siete de las últimas ocho ediciones. En ese lapso, LFC había salido triunfal en cuatro (1977 vs Borussia Mönchengladbach, 1978 vs. Brujas, 1981 vs. Real Madrid y 1984 vs. Roma) mientras que la Juve, ultrapoderosa puertas adentro (a esa altura de su vida ya ostentaba 21 Scudettos en Serie A), apenas sumaba dos medallas de plata (1973 vs. Ajax y 1983 vs. Hamburgo) en Copa de Campeones. La tercera sería la vencida aunque el precio de la victoria fue altísimo. Heysel sería un dolor de cabeza que nunca siquiera curó la aspirina de la victoria.

Apenas consumados los finalistas, las alarmas empezaron a sonar. No sólo se desafiarían los dos equipos más importantes de Europa y los de mejor nivel futbolístico. También se enfrentarían nuevamente ingleses contra italianos. En todo sentido. El poderío que mostraban en los estadios dentro de la cancha, también se evidenciaba afuera. Sería, si las cosas no se hacían bien, otro duelo posible entre hooligans y ultras. Y por supuesto que, si estas líneas se escriben (y se leen) con dolor tres décadas y un lustro después de aquella final, si todavía se sigue hablando de ese nefasto partido por lo que ocurrió más acá de la línea de cal y no por el reto entre Michel Platini vs Kenny Dalglish, es porque algo falló. O porque todo falló. Elegir esa cancha fue el primer gran error. Un horror.

Cinco años antes, los hinchas del Arsenal londinense que habían concurrido a Bruselas para ver la final de la Recopa frente al Valencia de Mario Alberto Kempes (ganaron los Che por penales), anticiparon vivamente sobre las condiciones de ese estadio avejentado y obsoleto en el que habían conseguido el subcampeonato.

Entonces, la dirigencia del Liverpool (en la persona de su secretario Peter Robinson) apuró sin suerte el trámite, no consiguiendo ni un cambio de sede express ni que le asegurasen a su público (mucho más después de lo que habían denunciado mediáticamente post Roma) las mínimas normas de seguridad. Peor les fue cuando conocieron el antojadizo reparto de entradas y, ni que hablar, su distribución. Heysel ya se había convertido en un problema antes del gran problema…

A unos nueve kilómetros del centro de la capital de la Unión Europea, sobre el Plateau (meseta) de Heysel, el arquitecto Joseph Van Neck levantó un estadio de un año para el otro. Las tierras habían sido cedidas por el Rey Leopoldo II en la verde zona de Laeken con el fin de comenzar con la mega construcción de un centro internacional de exposiciones con múltiples atracciones.

El 23 de agosto de 1930, como parte de las celebraciones del primer centenario belga, se inauguró entonces el templo deportivo con un Campeonato Mundial de ciclismo. Recién tres semanas más tarde, la pelota tuvo su lugar con el amistoso entre la selección local y Holanda (4-1).

La Segunda Guerra Mundial le quitó la pista de madera -se usó para hacer leña- y, además de hacerle un lugar al box a cielo abierto entre las disciplinas practicadas, en 1971 se colocó tartán alrededor de la cancha para darle al atletismo un lugar de preferencia (el Memorial Van Damme es un clásico).

En Bélgica, la redonda tenía su reconocimiento pero era más bien un Plan B. Había fútbol pero no sobraban futboleros. Apenas el Brujas había llegado a una final de Copa de Campeones (1978). Y así y todo, vaya contradicción, Heysel ya había sido elegido tres veces para la máxima definición europea (1958, Real Madrid 3-Milan 2; 1966, Real Madrid 2-Partizán 1; y 1974, Bayern Munich 4-Atlético de Madrid 0) sin inconvenientes. Hasta que llegaron los hooligans, claro. Y todo cambió.

Pensando en las bicicletas (sólo basta recordar al múltiple campeón Eddy Merckx), se edificó un estadio con forma elíptica. Una suerte, como referencia argenta, del viejo estadio Chateau Carreras cordobés. Incluso con un gran parecido respecto a sus accesos: en medio de un paraje natural, se ingresaba desde arriba hacia abajo, como si estuviera anclado en un foso artificial. El reparto de localidades, habitualmente, era simple: sobre los laterales, plateas (la oficial, con palco de prensa); y detrás de los arcos, populares, sin butacas.

El lío se armó cuando la organización belga decidió entregarle antojadizamente toda una tribuna a los hinchas de Juventus y apenas dos terceras partes en el extremo opuesto a los fans del Liverpool. El tercio restante, el fatídico Sector Z, quedaba destinado al público ‘neutral’, locales -en los papeles- que, como anfitriones, se habían ganado el derecho de ser testigos de un partidazo. Sin embargo, fueron los primeros que lucraron con la chance.

Buena parte de sus 6.000 entradas fueron a parar a agencias de viaje italianas y, mucho peor, a revendedores, que hacían dinerito al mejor postor (y a mucho más de los 300 francos belgas, unos 7,50 euros al día de hoy, que constaban impresos en el ticket). Los italianos tenían más hambre de triunfo y más liras en el bolsillo. Los jugadores de la Vecchia Signora, por caso, se concentraron una semana en Ginebra, Suiza, mientras sus hinchas se sacaban los ojos en Turín por un boleto. Los ingleses, más acostumbrados a codearse con la Crème de la Crème europea y con una conducta más a la marchanta, fueron más prácticos: bolso de mano (en el mejor de los casos), latas de cerveza para matar la sed, viaje en ferry cruzando el Canal de la Mancha, y cuando llegamos a destino, vemos qué conseguimos…

Ese miércoles por la mañana, el día del partido, la Grand Place había cambiado el tradicional negro, amarillo y rojo de la bandera nacional por el rojo Liverpool y el albinegro Juventus. Había fiesta popular en la plaza central, que con los años sería declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

La alfombra de 500.000 flores naturales que se exhibe en cada agosto era reemplazada por una mancha de hinchas emocionados, que cantaban, que bailaban, que cambiaban sus bufandas más allá de los 30° primaverales grados, y que empezaban a tomar más de la cuenta. Especialmente los ingleses, que -desde temprano- ya no se podían mantener en pie. La armonía, entonces, empezó a romperse con las primeras botellas rotas. “La atmósfera de ese día, caluroso y soleado, era maravillosa. Vi a una pareja salir del Registro Civil después de su boda e hinchas de ambos equipos la vitorearon. Había muy buena onda. Pero todo cambió con el correr de las horas. Yo estaba en el centro de la ciudad cuando los hinchas italianos fueron a las cafeterías y a los bares a comer mientras los hinchas de Liverpool llenaban los puestitos de venta de cerveza. Mucho antes, noté el empedrado cubierto de vidrios. Luego, fuera de la plaza, la Policía fue llamada cuando la ventana de una joyería fue destruida por hinchas ingleses, aunque no sé si se robaron algo…”, rememora Paul Fry, periodista y simpatizante de LFC que, además, tenía como motivo de visita a su novia belga. La misma escena, casi en simultáneo, se repetía en las inmediaciones del estadio. Quienes habían llegado en micro se dirigieron directamente hacia allá. Sin escalas. Nadie quería irse de Bruselas cebollita ni sin la foto souvenir con el Atomium de fondo, esa icónica, única e irrepetible obra de 102 metros de altura que distingue mundialmente a la ciudad y que fuese erigida en 1958 en ocasión de la Exposición Universal. Todo simulaba ser un parque de diversiones. Picnics por acá, picaditos por allá, fotos grupales, todos mezclados, positivismo puro haciendo tiempo para que abrieran las puertas de un predio que estaba a un puñado de pasos. El operativo policial contaba con 1300 efectivos pero, en la zona del juego, había apenas 400. Y dentro de la cancha, se contarían con los dedos de una mano…

Complicado, en un campo tan abierto, ser puntilloso con la seguridad. Mucho más cuando a cargo estaba el Capitán Johan Mahieu, quien debutaba en un evento de tan grossa magnitud. Sus subordinados también. Mientras había un celo en exceso en el control de los hinchas juventinos, los Reds se movían como peces en el agua. O en la birra. Se ponía atención en que nadie atravesara esa única puerta de 80 centímetros de ancho sin armas de fuego ni astas de bandera. Pero después, era un vale todo favorecido por la pobre infraestructura del escenario (que incluyó la toma de un galpón de herramientas lindero, con todo lo que ello implica). En Inglaterra, igualmente, los estadios también estaban en franca decadencia salvo honrosas excepciones. De hecho, 18 días antes de Heysel, en Valley Parade, en ocasión de un Bradford-Lincoln por la FA Cup, una tribuna de madera se prendió fuego y el incendio ocasionó la muerte de 56 hinchas y 256 heridos, en una de las Máximas tragedias del fútbol mundial (aunque no sería la peor…). En el angosto y único acceso principal, sentado en una pequeña mesita, un hombre de unos 50, 60 años, se dedicaba a verificar los papeles. Se especula que casi 6.000 ingleses entraron de arriba. Y hubo larga variedad en el cómo. Entradas falsas, por un hueco en la pared (pateando un par de ladrillos podridos y agachándote a espaldas de la Policía, estabas fácilmente adentro), con tickets de otros partidos, con boletos sin cortar y reutilizados (hasta seis veces), y más cuentos del tío…. Así, su sector se recargó con facilidad. Encima, a un par de metros, detrás de un débil alambrado artesanal que hacía las veces de separador, una desagradable sorpresa para ellos: comodidad y vieja rivalidad. Del otro lado de esa tribuna repleta de trapos que hubiesen puesto colorado al propio William Shakespeare, del otro lado de esos borrachines algo perdidos en tiempo y espacio, sentadas con holgura, se encontraban centenas de familias que habían llegado desde el interior de Italia, desde el corazón de Bélgica y de desde distintos países europeos. La numerosa colonia italiana de Bruselas también estaba presente. El contraste era evidente: el 80% de la cancha a reventar, y una zona, al alcance de la mano, todavía con aire… Todo estaba bien en ese Sector Z, en esa curvatura que se permitía la popular Norte, pero sus concurrentes no dejaban de mirar -de reojo- constantemente hacia su izquierda. Nadie podía posar su vista en el amistosito entre pibes con la camiseta de la selección local (rojos vs blancos) que mataban el tiempo jugando en cancha de 11 en una suerte de insoportable preliminar mientras nadie les daba bola. Algunos tanos hicieron una pausa para sonreír cuando un hincha de la Juve recorrió casi 100 metros para arrojar ‘un polvito mágico’ junto a cada uno de los palos del arco donde horas más tarde Bruce Grobbelaar no podría detener el penal ejecutado por Platini… Pero más allá de la humorada, olía a pólvora.

El clima, de a poco, se iba poniendo más áspero… Eran las 19.08. Faltaba algo más de una hora, 67 minutos para ser exactos, para arrancar a jugar cuando, detrás de la primera piedra, empezaron a caer petardos en forma de pequeños misiles en un único sentido. Los ingleses no tiraban cascotes: tiraban pedazos de la mismísima tribuna que con fuerza pisaban. Lanzaban los hierros de los oxidados y destartalados paravalanchas. El sector ‘neutral’ ya era un hormiguero pateado. Su gente se tocaba la cabeza chequeando si había algo de sangre en superficie. Los jugadores del Liverpool, todavía de traje y corbata, que recién habían llegado en micro escoltados por apenas un patrullero y que se dirigieron hacia la parte baja de la tribuna para saludar a su público, quedaron boquiabiertos más allá del lamentable accionar de los suyos. Fueron testigos de cómo los hooligans derribaron el alambrado y se dirigieron -entre furiosos y festivos- hacia el sector opuesto de la popular. Hasta incluso se mencionó que un paracaidista, ex combatiente de Malvinas, dio la orden para comenzar con el ataque. Todo estaba perdido. Fue el momento justo donde el fútbol europeo, donde la organización del fútbol mundial, comenzó forzadamente a cambiar…

La mente narcoestimulada y las dosis industriales de alcohol en sangre de los Reds (“la cerveza belga es más pesada que la inglesa”, se justificaban), de repente y como pudieron, hicieron un cóctel molotov de informaciones en sus acciones. Recordaron que, un año atrás, fueron emboscados por los hinchas italianos de la Roma en las afueras del Olímpico. Recordaron que los habían apiñado en un sector del estadio mientras, a 20 metros de ahí, la zona de confort -encima, repleta de juventinos- se contaba en hectáreas. Y recordaron, principalmente, que eran barras e ingleses. Invadir un territorio, para ellos, no era un dilema. Invadir era parte de una cultura que, extrapolada de las Islas Británicas al Continente, hacía ruido por acá, pero no (tanto) por allá. Y le coparon la tribuna nomás.

“Eran 200 hooligans entre más de 20.000 hinchas del Liverpool…”, aclara, despegándose de la situación, Chris Rowland, protagonista ocular aquella tarde-noche de angustia y autor del libro ‘Desde donde estaba parado: una mirada de un simpatizante de Liverpool de lo que pasó en Heysel’. Y así fue. Dos centenares de fanáticos fuera de borda bastaron para enloquecer a un grupo de pacíficos espectadores (más allá de alguna excepción a la regla, obviamente). Fue un operativo rápido y sencillo, que se les fue de las manos. Fueron una, dos, tres oleadas en siete escasos minutos, desde lo más alto de la tribuna hasta el primer escalón, en bloque, al unísono, a la carga. A la carga del diablo… “Los ultras ingleses estaban en el ángulo opuesto a nosotros. Entonces, estos británicos, entrenados para la guerrilla, comenzaron a desgarrar el alambrado de gallinero que separaba su parte de nuestra zona y se creó una estampida general donde muchos de los nuestros fueron abatidos y abrumados mientras miles terminados aplastados”, recuerda todavía con un nudo en la garganta Nereo Ferlat, uno de los sobrevivientes quien todavía entrega su tiempo a evitar que la causa no se archive.

El bonus track de esas corridas desde el sector de las banderas de la Unión Jack hacia la zona donde flameaban las tricolores recorrió el mundo. A este acto de vandalismo, televisado en vivo y en directo para 400.000.000 de espectadores, todavía le faltaba una página negra. Ni Alfred Hitchcock ni Agatha Christie ni Stephen King hubiesen podido guionarlo así. El público del Sector Z no enfrentó a los ingleses. Sólo corrió sin rumbo delante de ellos. Y no había salida de emergencia. Algunos intentaron salir del estadio pero las puertas estaban cerradas. El único acceso que comunicaba con el interior, con la cancha misma, estaba taponado por Gendarmería, al punto de reprimir a todo aquel que intentase llegar hasta el césped. Además, se hubiesen necesitado dos horas por cronómetro para evacuar a toda esa gente por tan estrecho lugar. El embudo humano estaba por desintegrase. Y quedaba tiempo. Para nada. Lo cuenta el propio Ferlat: “Ya no podía respirar, me quedaban 30 segundos de vida. Pensé. Me despedí de mis seres queridos y luego llamé mentalmente al Padre Pío para que me ayudase. Hubo un nuevo empujón y me encontré más arriba. Me aferré al cuello de alguien más desafortunado que yo, así que pude inhalar un poco de aire cuando justo el muro que llegaba hasta el campo de juego se derrumbó…”. Sí, la trampa mortal se vino abajo. Y la gente que estaba aferrada a ella rezándole a todos los santos, también. Fue un ruido seco. Inenarrable. Una implosión que dio la vuelta al planeta. Una rotura de cuajo. De cemento gris gastado y erosionado que no soportó el peso de miles de inocentes que apenas pretendían ver una final de Copa de Campeones y vivir para contarla.

El derrumbe de esa fatídica pared lateral, para muchos, incluso para el sentido común, significó el acabose. Sin embargo, si muchas de estas historias de vida se pueden recrear, es porque también consiguió un efecto angioplastía. Descomprimió. Para bien o para mal. Y la dos caras de la moneda pudieron ser retratadas para siempre. “Fue impactante fotografiar para The Observer la muerte que sucedía frente a mí. En mis imágenes de la gente aplastada contra el muro pude resumir las dos caras de Heysel: el horror y, también, algo de esperanza en un momento tan trágico. Fue caótico. Estaba aturdido por la adrenalina y el miedo. Saqué dos fotos rápidas con la cámara que llevaba atada al cuello cuando, al instante, la pared cayó. Almas moradas, cadáveres, zapatos sueltos. Poco después de aquella final, aún shockeado, dejé la fotografía deportiva y me convertí en editor. Tal vez, esa noche, moldeó mi carrera… Obtuve el premio al mejor fotógrafo de noticias por mi trabajo en Bruselas. Ojalá nunca lo hubiese tenido que ganar…”, comentó el multidistinguido Eamonn McCabe, reportero gráfico que se llevó el galardón al Mejor Fotógrafo del Año 1985 gracias a sus postales en Bélgica. El estadio se transformó, en un abrir y un cerrar de ojos, en un click, en un hervidero. Y en una usina generadora de relatos. De los lindos y de los feos. De finales abiertos y cerrados.

Cada vida salvada, cada muerte no evitada, es portadora de un relato para la posteridad. Cada uno de los sesentaipicodemiles que estuvieron esa tarde en Heysel, tendrán una versión de las cosas para regalar, una opinión en primera persona, una procesión por dentro, una sentencia. Bien lo supo resumir el poeta español Ramón de Campoamor en su cuarteta más plagiada, cuando decía: “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color, del cristal con que se mira…”. Alessio Degrandi, por caso, siempre se hará un momento para agradecer y tirar hacia adelante. Hoy, a los 49, es un prolífico asegurador y asesor financiero. Ah, y tiene dos hijos juventinos. El oriundo de Toscana zafó por un beso. “Lo único que recuerdo es que aparecí tirado dentro del estadio. Según me reencontré en una foto, un policía, con respiración artificial, me salvó. Todavía lo estoy buscando para agradecerle. Después fui transportado al Hospital Bruggman de Bruselas con, además, un gran corte en el pie. Me faltaba parte de la piel y tenía moretones por todo el cuerpo. No recuerdo nada. Por el aplastamiento de las personas, perdí el conocimiento. Cuando desperté me encontré con los ojos rojos de sangre. Y recuerdo que una enfermera me contó al oído que ganamos con gol de Platini..”. Claro que siempre hay un lado B, un lado oscuro de la luna. Los Lorentini son, todavía, un apellido de peso. Y no sólo en Arezzo, su ciudad italiana. También en el post Heysel. Andrea Lorentini perdió a Roberto, su viejo, de una manera muy especial. “Mi papá, de 31 años, estaba la tribuna con su padre y dos primos. Se había salvado después de las primeras oleadas de los hooligans. Pero había decidido regresar para ayudar a los heridos. Era médico. Mientras le estaba practicando respiración boca a boca a un niño, fue abrumado por un ataque perjudicial de los británicos. Perdió la vida. Por su gesto de altruismo heorico fue galardonado con la medalla de plata por su valor civil. Para mi familia y para mí, su ejemplo es una fuente de orgullo…”, cuenta Andrea, quien tomó el cargo de su abuelo Otello y actualmente preside la Asociación de las Familias Víctimas en Heysel. “Para nosotros, lo de Bruselas es un recuerdo que no es un fin en sí mismo, sino un conmemoración que va más allá de la mera memoria y que se convierte en proyectos concretos para las nuevas generaciones, para evitar que esta tragedia termine en el olvido…”, acota. Pero mientras Alessio revivía y Andrea quedaba huérfano de padre, en el estadio todo era incertidumbre. ¿Alguien tendría el coraje de suspender la final?

Los dos planteles, en el vestuario, algo empezaban a sospechar. Mientras se cambiaban bajo la platea oficial con sus pilchas históricas, notaban que la enfermería, en una habitación contigua, comenzaba a llenarse de gente. De padres, de hijos, de abuelos perdidos en estado de shock. Y detrás de las heridas, aparecían los rumores. Que decenas de heridos, que un muerto, que dos, ¿qué más? Testimonios de la época recogen -también las fotos y los videos de la funesta jornada que sólo seis efectivos de seguridad y un perro intentaban -sin fortuna, lógico- separar a 20.000 ingleses, a sus 200 hooligans, de una comunidad de familias que simpatizaban por la Juventus. El resto de los policías, créase o no, había salido del estadio para perseguir a unos rateros que habían saqueado un puestito de panchos… Encima, se comprobó que sus walkie talkie no tenían batería…

¿Y los ultras? En la otra cabecera, viendo de frente un espectáculo inverosímil. O no tanto… Beppe Franzo era el capo de los Indians, una de las facciones de la barra de la Vecchia Signora. Cuando el referente, por entonces pelilargo, notó que algo turbio estaba pasando, dejó su megáfono a un costado y se cruzó la cancha a toda velocidad, de arco a arco, para ver qué sucedía en ese codo. “Cuando nos acercamos fue algo muy fuerte. Por ejemplo, ver los pies de un cuerpo tapado con una bandera blanca y negra…Ahí notamos la gravedad de las cosas”, se estremece quien ahora, totalmente calvo, evangeliza como presidente de la Asociación ‘Quelli di… Via Filadelfia’. “Si allí, en esa tribuna, hubiera habido ultras italianos, hubiésemos tenido una gran batalla, posiblemente, con muchos heridos. Pero tal vez sin muertes. No estábamos preocupados por ellos. Sabíamos que podía haber enfrentamientos. Era inevitable. Y más por lo que solían hacer en el extranjero. La cerveza que tenían encima también favoreció su acción”, acota Franzo.

Uno podía levantar la vista y, donde quisiera, en el centímetro cuadrado más recóndito de Heysel, encontrarse con un foco de conflicto. En esas tierras, asaltadas por los nazis en 1940 y durante cinco años, parecía desarrollarse el inicio de la Tercera Guerra Mundial. Bastante bizarra, por cierto. “Por favor, contenga cualquier manifestación de alegría o desaprobación dentro de los límites de la deportividad y colabore con los servicios de seguridad en el ejercicio de sus funciones”, bromeaba, digamos, el tablero electrónico. Veinte minutos después de la primera avalancha hooligan, llegó la Gendarmería para ‘poner orden’. Y cobró. Diez minutos más tarde, cayeron refuerzos y los ingleses volvieron a sus sectores de origen -pero con el pecho inflado- mientras se empezaban a escuchar las sirenas de 14 cuerpos médicos y 65 ambulancias que quién sabe de dónde salieron porque no había en Heysel, para un partido de casi 65.000 espectadores, ni siquiera un equipo de reanimación…

Y ahí comenzó otra batalla: la informativa. Sin Internet, sin celulares, sin redes sociales, poco podían hacer quienes habían salido ilesos para contarle a los suyos (en Italia principalmente) que todavía respiraban. Algunos, sin vueltas, se cagaron en el partido más esperado de todos los tiempos y salieron por la ciudad en búsqueda de una cabina pública para poder comunicarse. Otros intentaban hacer morisquetas intencionalmente frente a las cámaras de TV para ser fácilmente reconocidos en sus casas. Y otros tantos, fuera de sí y esquivando todo tipo de controles dentro del marco de anarquía existente, se mandaron directamente al palco de prensa para pasarle a los periodistas que transmitían el caos boquiabiertos, un papelito con su número telefónico. Y eran los mismos reporteros quienes se encargaban de llamar a su patria para apagar las llamas, calmar a las fieras y darle a los familiares de esos desconocidos y desesperados la buena nueva. “Como periodista ha sido un evento que me ha causado gran dolor. El periodista de guerra sabe que puede ver en vivo la muerte de un soldado. Pero un periodista deportivo…Debí contarlas en la Fórmula 1, en motociclismo. Pero fueron accidentes. Nadie está preparado para hacerlo en el fútbol. Fui enviado por Guerín Sportivo, revista de la que fui con el tiempo director. Nunca pensé en ver una matanza así. Después conduje la Doménica Sportiva, en televisión, cuatro años más tarde. Y nunca más, desde aquel momento y hasta hoy, pude hablar del tema”, se confiesa Marino Bartoletti, una leyenda de la prensa italiana que apenas, desde sus 71 años, se anima a volver al triste pasado.

La misma UEFA que había chingado con su elección un semestre atrás, volvería a las andanzas. Y volvería a pifiar. Con el OK del famoso Capitán Mahieu y con la súplica de Hervé Brouhon, alcalde de Bruselas, entre gallos y medianoches se decidió que, para evitar males mayores y “salvaguardar el orden público”, la final se disputaría. Había que darle tiempo, un poco de changüí a la organización, supuestamente, para preparar la desconcentración de las masas de manera escalonada. Si se anunciaba la suspensión del juego se creía imposible que los enfrentamientos no continuasen afuera y se propagaran por toda la capital. También era una buena idea para evitarse miles de juicios de parte de los espectadores afectados sin olvidar la eventual pérdida de las ganancias por la recaudación si la definición se declaraba desierta (a precio de hoy, 450.000 euros para cada club, 330.000 para la Unión Europea de Fútbol), 180.000 para la Federación Belga y 52.000 para la ciudad), según el reporte del sitio especializado Saladellamemoriaheysel.it.

Mientras tanto, el desconcierto por los rumores y el bla bla bla habían transformado al estadio en un volcán y ahora la lucha se había trasladado a la popular Sur, donde los ultras italianos pretendían hacer justicia por mano propia aunque, para eso, tenían que esquivar a la Policía y a sus coquetos caballos de galope. “Lo que recuerdo, más que nada, fue cuando un grupo de fanáticos de Juventus invadió la cancha y corrió hacia la zona donde estábamos los hinchas de Liverpool. Uno de ellos le apuntaba con un arma a un policía belga…”afirmó Graham Agg, abonado al LFC desde 1989 y, durante mucho tiempo, encargado de la filial alemana del club.  “Los fanáticos del Liverpool deben asumir la responsabilidad final de lo que sucedió aquella noche, hace 35 años. Pero tampoco creo que los fans de la Juve fueran exactamente ‘angeles’. También nos provocaron…”, reafirmó. Y no era mentira: el joven del arma (de fogueo) tenía 22 años, antecedentes por riña en el Calcio, y fue detenido bajo el nombre de Umberto Salussoglia, según los diarios de la época. Rowland, colega de Agg en el aliento, le dio la razón: “Pienso que, los que murieron, eran completamente inocentes. Pero el resto de los hinchas italianos no pueden afirmar que no estuvieron involucrados en la lucha inicial ni que sólo los ingleses se portaron mal…”. Así se vivía la tarde. Deliberadamente enquilombada. A puro malentendido. Heysel era una hoguera. Por un lado, algunos hinchas Bianconeri intentaban convencer a sus jugadores, ya vestidos en el campo como para salir a jugar una final de Copa de Campeones, de no presentarse en homenaje a las víctimas (que tampoco se sabía, a ciencia cierta, cuántas eran). Otros, a esos mismos ídolos de carne y hueso, aprovechando la inédita cercanía, les pedían autógrafos… Un grupo, más allá, pelaba una pancarta con un destinatario único: ‘Reds animals’. Y a todo esto, por los altoparlantes, comenzaron a escucharse, en las voces de Gaetano Scirea y Phil Neal, los capitanes de ambos equipos, discursos escritos en un santiamén que intentaban tranquilizar al público y confirmar que el partido, sea como sea, fuese como fuese, se iba a disputar. Ah, pequeño detalle: en el pasto, todavía yacían desparramados centenares de heridos y, a pasitos de uno de los banderines del córner, detrás de un portón negro, los cuerpos inertes no dejaban de acumularse. Ya se había hecho la noche. A las 21.42, una hora y 27 minutos más tarde de lo programado, el suizo André Daina daba el pitazo inicial. Al fin, fútbol. O una caricatura.

Las pretensiones de un gran espectáculo, entre dos grandes equipos, los mejores del continente incluso, se terminaron antes de comenzar más allá de toda la pantomima. El partido nunca arrancó. Algunos jugadores pensaban en el entorno, otros en su futuro, otros en el qué dirán, otros suponían que estaban jugando una final para la gilada que luego sería anulada, y otros, claro, disputaban muy en serio la final de una Copa de Campeones. Era el desafío esperado, duelo de estilos entre ingleses e italianos aunque con varios asteriscos. Mientras la Juve de Giovanni Trapatonni apenas contaba con un extranjero (el polaco Boniek), los de Joe Fagan parecían ser un combinado de la ONU…

¿Los XI iniciales? Por un lado, Stefano Tacconi; Gaetano Scirea, Luciano Favero, Sergio Brío; Massimo Briaschi, Massimo Bonini, Marco Tardelli, Antonio Cabrini; Michel Platini; Paolo Rossi y Zbigniew Boniek. Por el otro, Bruce Grobbelaar (Zimbabwe); Phil Neal (Inglaterra), Mark Lawrenson (Irlanda), Alan Hansen (Escocia), Jim Beglin (Irlanda); Steve Nicol (Escocia), Ronnie Whelan (Irlanda), John Wark (Escocia), Paul Walsh (Inglaterra); Ian Rush (Galés) y Kenny Dalglish (Escocia).

Cuando el reloj marcaba 56′ y Tacconi comenzaba a transformarse en la figurita de la noche, Platini metió un bochazo largo y frontal desde su campo con la intención de buscar a Boniek, quien salió disparado para la contra. Cuando el polaco pisó la medialuna, el ingresado escocés Gary Gillespie lo tocó de atrás. Infracción sí, penal no. Sin embargo, el juez Daina no dudó y su compatriota, el linesman suizo Georges Sandoz, no opuso resistencia al fallo. Tibias protestas en Liverpool, como si intuyeran que el bacalao ya estuviese cortado. “Algunas personas pensaron que era un intento deliberado de mi parte para asegurar que la Juventus ganara. Pero viendo a velocidad normal fue difícil detectar que la falta sobre Boniek era afuera del área”, intentó disculparse el árbitro, ya retirado, en diálogo con Suiss Info. Minutos más tarde, y como para agregarle más suspicacias a la cosa nostra, el pito omitió un alevoso foulazo-penal de Bonini sobre Whelan que despeinó hasta a la reina Elizabeth II…

Cuando el francés agarró la redonda, posiblemente nunca haya podido imaginar lo que se le vendría a lo largo de los años. Hasta el día de hoy. La Gloria y Devoto a la vez. Platini está parado frente a la pelota. Sabe que no fue penal (el juez también). No le importa. Está a punto de definir la Copa de Campeones. Los fotógrafos se preparan, limpian con el codo la sangre de sus lentes. Gol. El relator de la RAI, Bruno Pizzul, ni lo siente. Amnésico, Michel corre desenfrenadamente entre policías ciegos que tapan cadáveres todavía tibios. El estadio de Heysel, Bruselas, es una bomba de tiempo. Hay llantos. Incluso de alegría. Algunos hinchas de Liverpool, drogados, le tiran latas de cerveza. Pero le sobra cintura. Aún hay muertos acunados al costado de la tribuna, gente rota, despedaza en mil partes. El ‘dale campeón’ resuena cerca de las ambulancias, del muro caído, de los zapatos impares. Y todos, zombies felices, dan la vuelta olímpica elevando al infierno la anhelada Orejona. Con los años, y antes de ser capo UEFA (y detenido por corrupción), el 10 galo explicaría el porqué de semejante vodevil: “Cuando se cae el acróbata, aparecen los payasos”, dijo. Las escenas son surrealistas. Pero fueron la cruel realidad…

En ese mismo instante de consagración, de ‘el show debe continuar’ una generación de hinchas juventinos lo bajó del póster, le hizo la cruz, y empezó a esconder esa Copa, que era la primera gran Copa internacional, debajo de la alfombra. “Mis pensamientos están con las víctimas y, por supuesto, con sus seres queridos. Tienen mi compromiso inquebrantable de que haré todo lo que esté en mi poder para evitar que una tragedia así vuelva a ocurrir. Jugué una final de la Copa de Europa de Clubes de Campeones en el Stade du Heysel en Bruselas y la sigo jugando, no me dejó, ya que nunca se fue el espíritu de todos los que estaban allí esa noche”, dijo -ya como presidente de la Unión Europea de Fútbol- a 30 años de la Masacre en un comunicado. Algunos todavía siguen riendo por no llorar…

Aquí no ha pasado nada, entonces. Siga siga. Y hubo vuelta olímpica. Con todos los chiches. Como todo campeón inmaculado. Ya era el día después, jueves 30 de mayo. Y el cementerio del Sector Z, a pesar de la hora, seguía abierto. Vacío pero abierto. Con el mismo verso del “orden público”, la entrega del bendito trofeo se hizo en la oscuridad del vestuario y se decidió, a la espera de que la gente de Liverpool dejase Heysel primero, volver al campo de juego para celebrar con los hinchas, locuaces a la par de sus próceres de oro y barro. Algunos disculparon el exabrupto bajo la excusa del shock. Otros, aún hoy, ni olvidan ni perdonan. Por ese entonces, en las primeras horas de la madrugada, más allá de las especulaciones, los muertos eran 37. Y los noqueados muchos más. Recién el 1 de junio, se identificó el cuerpo de Claudio Zavaroni, un fotógrafo que debería haber estado en una producción de modas en París pero la Juve pudo más. Y el último, el 39°, fue Luigi Pidone, quien estuvo en coma durante 77 días hasta su fallecimiento. Más allá de los rezagados, los occisos fueron despachados pronto. A pesar de que llegaron en una morguera, los certificados de defunción aseguran que fallecieron -todos- entre las 23.30 y las 01.00. Y por “muerte accidental”. Así, los cargaron en un avión del ejército italiano y los fletaron. Muchos, en cajones cambiados y tajeados desde la cabeza hasta los pies. Pensar entonces en una tragedia a la italiana hubiese resultado lógico. Sin embargo, la catástrofe trascendió todo tipo de fronteras. Además de 32 tanos, entre las bajas se registraron cuatro belgas, dos franceses y un irlandés, un empleado de la Unión Europea que, sin saber nada de fútbol, le hizo la segunda a un compañero holandés para acompañarlo a la cancha. Tampoco fue una cuestión de edades: el dentista Amedeo Giuseppe Spolaore tenía 54 años y el pibe Andrea Casulla (quien murió junto a su padre Giovanni) apenas 10. Y menos de género: Giuseppina Conti (17) y Barbara Lusci (58) fueron las mujeres del grupo. Increíblemente, recién cuando salió el sol, muchos de los presentes en Heysel se enteraron de la realidad de las cosas al ver la portada de los diarios. El dolor recorrió el universo. El Papa Juan Pablo II se mostró consternado; el rey Balduino, monarca belga, llamó al presidente italiano Sandro Pertini para disculparse; desde Bogotá, a la espera del juego de Eliminatorias ante Colombia con la Selección Argentina, Diego Maradona aseguraba que “lo que pasó, enluta al fútbol”. Y caliente como una pava, en Inglaterra esperaba la primer ministro Margaret Thatcher con la tabla en la mano. Si su política Conservadora y de derecha estaba en contra de los hooligans, ni hablar de lo que sentía por los Liverpudlians, más cercanos a la izquierda trabajadora. “Fue un episodio bochornoso que trajo desgracia a mi país y al fútbol…”, bramó la Dama de Hierro que, de inmediato, le pegó un palazo en la cabeza al fútbol inglés. A partir de ese momento, les prohibiría a sus equipos salir de la Gran Bretaña. Es decir, ya no podrían jugar competencias internacionales. La UEFA, días más tarde, apoyó la medida y le puso la firma. Durante cinco años, basta de Copas. Y para los Reds, seis (recién volvieron para la UEFA 91-92, eliminando al Lathi finlandés, en primera ronda, con un 6-2 global). Fue un momento bisagra para el Reino Unido. Y también para todo el continente. En el mejor momento deportivo de los clubes ingleses, no habría más torta para ellos y se repartiría de otros modos. Y además, se daría otra forma de educar puertas adentro al fenómeno hooligan. Algo había que hacer y algo se hizo. La Premier League no nació de un repollo… Con el cambio de brújula, el mapa cambiaría para siempre…

Los belgas, desde un primer momento, pretendieron hacer la vista gorda. Fue el molesto Otello Lorentini, el padre de Roberto, el abuelo de Andrea, quien no se quedó quieto y empezó a reclamar justicia por su cuenta. En 1986 ya había creado la Asociación de Familiares de las Víctimas de Heysel. Pero ni siquiera contaba con el apoyo de los medios masivos -que pretendían cobrarle a precios exorbitantes las solicitadas- y que se bancó alrededor de 200 viajes a Bélgica para que los expedientes no se durmieran. El esfuerzo no fue en vano al exponer a muchos. A partir de imágenes en VHS y fotográficas, la Policía local y la inglesa salieron a la caza de violentos aunque con las particularidades de sus leyes. A diferencia de la legislación italiana, donde bastaba documentar la simple intención del delito para bajar el martillo, acá debería demostrarse flagrancia en los actos para resultar procesado. Así, al tun tun, 26 hooligans debieron pegar la vuelta a Bruselas para ser juzgados. De repente, encontraron en la muerte de Mario Ronchi, una punta para inculparlos, un chivo expiatorio para tenerlos bajo cuerda. Cosas del Sector Z, Ronchi era hincha del Inter y viajó para no dejar solo a un amigo juventino… El Tribunal se tomó seis años para fallar entre idas y vueltas, entre apelaciones y casaciones. Todo fue bastante leve. Mark Nolan, David Duncan, David Giles, Paul Howard, Ronald Jepson, Stephen MacDonald, Graham Reavey, Keith Reed, Barry Rickman, James Wallace y Andrew Sambor quedaron exentos de culpa y cargo por “falta de peso” en las pruebas. Por su parte, Michael Barnes, Stanley Conroy, Gary Cooper, Gary Evans, Kevin Hughes, Graham Postlethwaite, Gary Rutter, Timothy Williams,TerenceWilson, Alan Woodray, Mark Woods, Paul Wright, Ronald O’Brien y John Davies recibieron penas de tres años (por “homicidio involuntario”), de las cuales la mitad habrían sido cumplidas en libertad condicional… También ‘cayeron’ el Capitán Mahieu, jefe del operativo, con nueve meses de libertad condicional y 500 francos de multa (recordar que la popular costaba 300…), seis meses también condicionales para Albert Roosens, presidente de la Federación Belga de Fútbol (pero 30.000 francos de sanción), mientras que la UEFA (en la figura de Hans Bangerter), como responsable de la organización y elección del estadio, junto con el Estado y la Asociación local, debió indemnizar a las familias de las víctimas en conformidad con los artículos 418, 419 y 420 del código penal belga. El resto de los involucrados, como el alcalde Brouhon y la concejala de Deportes Vivianne Varo, bien gracias. La Unión Europea de Fútbol también repartió algunos palos: nada de finales por diez años en Heysel y dos partidos a puertas cerradas para la Juve en la próxima Copa por los disturbios ocasionados…

Heysel, desde hace 35 años, vive dejando tela para cortar. A pesar del tiempo y las distancias. Ahora bien, más allá de lo que haya manifestado el Tribunal de Bruselas, ¿de quién fue la culpa realmente? ¿O de quiénes? ¿Cómo puede analizarse la muerte de 39 personas inocentes en la previa de una final de Europa entre Liverpool y Juventus? ¿Tragedia? ¿Masacre? ¿Son sinónimos o son sustantivos en contraste? La biblioteca se parte al medio y cada cual, como en el Antón pirulero, atiende su juego y defiende su propia interpretación. En líneas generales, hay consenso. Sin embargo, a la hora de ponderar los factores de culpabilidad, el cuento se cuenta distinto según la cultura heredada. “El alcohol, la estupidez y el miedo fueron las principales razones de los incidentes. La violencia real no era muy diferente de las escenas que eran tan comunes en ese momento. Y sospechábamos de los ultras. Pero, a pesar de haber sido agresivos, sería un error culparlos. Las muertes llegaron a continuación de un ataque de los fanáticos de Liverpool. ¿Cómo no íbamos a ser demonizados? Además, había cientos de personas en el lugar que eran más peligrosas que la mayoría de los arrestados. Lo que necesitás entender es que, a nosotros, no nos gustaban los hooligans. Es más, nos reíamos de ellos…”, confiesa Tony Evans, seguidor de Liverpool y autor de Two Tribes.

Sin embargo, a 1.500 kilómetros de la tierra de Los Beatles, Francesco Caremani, el autor de una verdadera biblia italiana sobre el affaire Heysel (La veritá de una strange anunciata), compartió su punto de vista desde la investigación profunda del caso: “Todos luchan por aceptar la mentalidad violenta de los hooligans, una violencia que se encontró con familias italianas y fanáticos neutrales que no estaban absolutamente preparados para ellos. Obviamente, todo esto podría haberse evitado con más policías entre los dos sectores, con una disposición diferente de los fans dentro del estadio o, trivialmente, eligiendo una cancha diferente y más segura. Por esta razón, siempre digo que la ‘straga’ (masacre) tiene directores: Uefa e instituciones políticas y deportivas belgas; y ejecutores: los hooligans de Liverpool. Pero en el juicio se hizo pública la responsabilidad de la UEFA y la sentencia generó jurisprudencia para todo el fútbol europeo”, resumió el periodista italiano.

Las vidas de Liverpool y Juventus, cada una a su modo, continuaron siendo exitosas. Los Reds, a pesar de no poder consagrarse campeones ingleses desde 1990, se han vuelto a consolidar a nivel europeo. La Vecchia Signora, más allá de un serio caso de corrupción que lo obligó a descender por escritorio, lleva ocho títulos consecutivos de Serie A. Sin embargo, el que nunca ha podido quitarse las manchas de encima, ha sido el propio estadio de Heysel, suficientemente recauchutado aunque Heysel por siempre. Apenas tres días después de la Masacre, allí debían jugar el Círculo de Brujas y el Beveren por la final de la Copa belga. Pero debieron moverse, por razones obvias, al Parc Astrid del Anderlecht. El 30 de agosto siguiente, tres meses y un día más tarde de la final de la Copa de Campeones, las puertas se abrieron para el Memorial de atletismo Ivo Van Damme. Se reconstruyó el muro del terror y hubo 3000 policías para cuidar a 45.000 personas… Para ver fútbol hubo que esperar casi un año, hasta el 29 de abril de 1986. A poco de arrancar el Mundial, Bélgica enfrentó a Bulgaria (ambos rivales de Argentina en México 86) en un amistoso que prometía. Apenas hubo 4.872 espectadores dándole la razón a aquel dicho popular que indica que el miedo no es zonzo. Por arte de magia, el fatídico Sector Z ya se llamaba Norte 1. Aunque el resto de las instalaciones se mostraban igual o peor que el año anterior. En 1990, fue el primer regreso de una delegación italiana. Fue el turno del Milan, quien se enfrentó al Mechelen. Franco Baresi, capitán del equipo, colocó una ofrenda de 39 rosas al pie del antiguo bloque de la muerte. En el 2000, quien pisó la cancha fue selección Azzurra para jugar frente a su par local. Por aquel entonces, ya habían transformado la estructura de Heysel aunque, a ojo de buen cubero, las cosas seguían estando en el mismo lugar. También le cambiaron el nombre a Rey Balduino para mejorar su reputación y despegarse del ayer. Pero… Mientras Paolo Maldini y Antonio Conte retiraban la camiseta 39 bajo la plaqueta recordatoria y depositaban una corona floral, el DJ no aflojaba con rock estridente. Recién en 2005, se erigió un monumento en la zona más funesta, invitados por el nuevo alcalde Freddy Thielemans y con la participación de los familiares de las víctimas. Cuánto durará en pie sigue siendo una duda porque se proyecta la construcción en el estacionamiento C de Heysel de otro mega escenario deportivo y la futura demolición del viejo cementerio de 1930.

La industria cultural se movilizó detrás de La Masacre de Heysel. Nuestro país, nuestra Sudamérica, ha vivido también sus ingratos momentos dentro de una cancha de fútbol y nada mejor que aprender de los errores para torcer el camino hacia el bienestar. Sobre aquel memorable Liverpool-Juventus, se han escrito decenas de magníficos libros, obras teatrales, films, canciones, páginas webs; se han desarrollado exposiciones, conferencias, charlas-debate; se han levantado monumentos, pintado cuadros, tatuajes en el cuerpo. Sin embargo, ni el más creativo e imaginativo de los autores hubiese pensado que alguna vez, ese partido tendría una segunda parte (que, como se sabe, nunca podría ser buena)…

En 2005, a 20 años redondos de lo ocurrido, en Nyon (Suiza), un sorteo volvió a juntarlos en un terreno de juego (y en las tribunas) por los cuartos de final de la Champions League. Ya no era en Bélgica, por suerte, sino en sus propios hogares. Dos décadas eran tiempo suficiente como para medir la temperatura ambiente. Durante todos esos años, hinchas de ambos clubes habían generado interacciones (con partidos amistosos, con viajes, con reuniones) para pulir las diferencias y cultivar una buena relación. Aunque la cicatriz seguía bombeando… El primer partido se jugó en Anfield. La previa fue emotiva. Hasta reapareció Platini con un cuadro recordatorio destilando paz y amor. Pero mientras los locales desplegaban un mosaico con la palabra ‘amistad’, los hinchas juventinos necesitaban leer ‘perdón’ y le daban la espalda elevando el dedo mayor de sus manos (y bajando el resto). Fue 2-1 para los Reds (Hyppia, Luis García; Cannavaro). La revancha acabó 0-0 en el Delle Alpi y los tifosi turineses no dejaron de arrojar piedras sobre el pulmón visitante y de exhibir banderas del tipo “Odio a Liverpool”, “Ingleses de Mierda” “Sucios, borrachos e infames” y la contundente “Nosotros no podemos olvidar…”. Hoy la grieta continúa. Tamizada. Edulcorada. Reversionada. Pero continúa. “Heysel ya no es mala palabra en Liverpool. Hay una gran empatía por estos días. Aceptamos nuestro rol en ese tema. Ahora es más un cuestión de tristeza que de vergüenza…”, cerró su análisis el inglés Evans. Casi un punto final al tema. “En Juventus, Heysel es palabra prohibida porque los ultras de los otros equipos siempre han enturbiado el recuerdo de los muertos y atacaron al club por ese título. Encima, durante años, la Comisión Directiva nunca ha tenido el coraje de admitir las responsabilidades de la UEFA, Bélgica y el Liverpool, por razones “diplomáticas”, sentenció Caremani.

Heysel fue tabú. Heysel es tabú. Es picazón de espalda. Es un tic nervioso ingobernable. Es un frotar de manos. Es una piedrita en el zapato. Sin distinción de camisetas. Los dos perdieron en 1985 más allá de lo que certifiquen las estadísticas. Por la Champions entonces. Juventus ocultó esa Copa, su primera gran Copa, bajo tierra. Y le duele todavía que, en el Calcio, las hinchadas rivales le claven un “-39” en una sábana. Liverpool no la pasa mejor: aún soporta con desazón el ‘asesinos, asesinos’ en algunos estadios de la Premier que le revuelven las tripas… Es cierto. Hay que soltar. Pasaron 35 años. Hoy Messi podría pararse tranquilo frente a la pelota, definir una final de Champions, y correr desenfrenadamente celebrando un gol de penal inventado sin cargos de conciencia. Son otros tiempos. Pasaron 35 años. Ya hubo Justicia. Hoy sólo se reclama memoria… Aunque, como dicen los juventinos, “ninguna persona muere mientras viva en el corazón de quien se queda…”.

 

Fuente: Diario Olé