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El día de la final “argentina” en Roland Garros

La efervescencia argentina a pleno. El pico máximo de la Legión. Roland Garros en celeste y blanco. Como nunca el Bois de Boulogne conoció las virtudes de ese grupo de tenistas llegados desde un rincón de Sudamérica para brillar sobre el polvo de ladrillo parisino, con tres semifinalistas y una final entre compatriotas que mereció páginas, videos y libros.

Una definición inolvidable para el deporte argentino; increíble e indescifrable para la mirada de otras partes del planeta. Ese 6 de junio de 2004, Gastón Gaudio entró en la historia con ese revés que cruzó la cancha, se hizo winner, y derrumbó el sueño que Guillermo Coria había acunado durante mucho tiempo.

Gaudio y Coria fueron los que llegaron a la cima, pero aquel Roland Garros tuvo otros protagonistas argentinos. Podrían haber sido cuatro los semifinalistas de nuestro país, pero Tim Henman evitó la hegemonía albiceleste al ganarle a Juan Ignacio Chela. También Paola Suárez había cumplido una excelente actuación en el torneo femenino.

Entrenado por Franco Davín, Gaudio había tenido hasta allí una temporada con altibajos, con una final en Barcelona como mejor antecedente, pero no había pasado del debut en Hamburgo y Roma. Había mejorado su forma en la semana previa, en la Copa del Mundo por equipos que se disputaba en Düsseldorf. Gaudio empezó a sentir que estaba jugando el mejor tenis de su carrera.

Coria, semifinalista del abierto francés en 2003, se había instalado varios días antes en París, junto con su mujer, Carla Francovigh, y su entrenador por entonces, Fabián Blengino. El de Venado Tuerto llegaba muy afilado: había sido campeón en Buenos Aires y en Montecarlo, y finalista en Miami y Hamburgo. Para muchos, era el gran favorito. Todavía faltaba un año para la explosión de un jovencísimo Rafael Nadal, ausente aquel 2004 por lesión en París.

A Gaudio no le causó ninguna gracia cuando se enteró de que el sorteo de Roland Garros le había deparado un partido contra Guillermo Cañas en la primera rueda. Pero resolvió ese estreno en cinco sets, con una postergación por falta de luz y una reanudación en gran forma para ganar por 6-2 el quinto. En la segunda rueda se enfrentó con Jiri Novak (14°), otro rival durísimo; otros cinco sets, y en la tercera venció en cuatro a Thomas Enqvist. Al cabo de la primera semana tenía casi 10 horas encima de juego, pero Gaudio empezaba a tomar vuelo y confianza: en octavos de final le ganó con mucha autoridad a Igor Andreev, y en cuartos se sacó de encima a Lleyton Hewitt, otro de los que siempre complicaban, en sets corridos. La semifinal contra Nalbandian se resolvió en el segundo set; después, arrasó: 6-3, 7-6 (7-5) y 6-0.

Por el otro lado de la llave, Coria llegaba lanzado como una locomotora: victorias en sets corridos sobre Nikolay Davydenko, Juan Mónaco, Mario Ancic, Nicolás Escudé y Carlos Moya para llegar a las semifinales sin problemas, convertido en un candidatazo. Sorprendió al ceder el primer set con Henman, pero luego se impuso con margen. Así llegaba Coria a la definición de “su” torneo.

La final tenía color. Por un lado, Gaudio, como número 44 del ranking, y Coria firme en el Top 3, apenas detrás de Roger Federer y Andy Roddick. El título estaba asegurado, 27 años después de la única conquista argentina previa, la que había logrado Guillermo Vilas en 1977. Era, en cierto modo, un clásico entre dos talentosos, pero con personalidades distintas, y una ‘pica’ entre ellos que surgió en la final en Viña del Mar 2001, cuando Coria celebró el título de un modo que a Gaudio no le gustó; el Gato se desquitó con un bailecito al ganarle la semana siguiente en los cuartos de final de Buenos Aires, y hubo otro episodio picante en la semifinal de Hamburgo 2003, cuando Coria se impuso por 6-0 en el tercer set tras pedir médico por lesión.

El Mago Coria ganaba la final 6-0, 6-3 y 4-3. A partir del comienzo del tercer set, Gaudio había empezado a emparejar el duelo, a jugar puntos más largos, aunque no alcanzaba. Hace poco, Coria recordó que después del séptimo game pensó que ese podía ser el último cambio de lado: “Ahí empecé a ponerme nervioso. Yo estaba con mucha bronca con la ATP por lo que había vivido en el juicio por doping en 2001. Estaba con todas esas cosas en la cabeza y Gastón empezó con lo de la ola, a jugar con la gente. Fue ciento por ciento psicológico, porque apenas iba una hora de partido. Empiezo a pensar que me acalambro y en cinco minutos estaba todo acalambrado”.

Más suelto, Gaudio ganó tres games seguidos, se llevó el tercer set y también el cuarto (6-1), mientras su rival no podía controlar los calambres por los nervios. El quinto set fue un manojo de nervios indescriptible; Coria estuvo a milímetros del título con dos match-points. En el decimocuarto game, en su primera chance, Gaudio se la jugó con el revés. Y acertó. La raqueta voló por el cielo de París. La Argentina tenía un nuevo campeón de Grand Slam; acaso el menos esperado. Desde entonces, pasaron quince años. “No pienso en aquel torneo. Lo tengo presente, pero no es que lo tengo todo el tiempo en la cabeza. Soy feliz por haber logrado uno de los sueños que tenía desde chico”, contó Gaudio hace poco.

Davín, que trabajó con ambos, pero fue campeón con Gaudio, dijo: “Ese torneo fue una satisfacción grandísima. Para Gastón, cada partido era un drama, antes y después. Fue una experiencia única e increíble. Por ahí con Guillermo no tenía una gran relación, pero era el jugador al que había entrenado antes, y estaba en la final de Roland Garros. Hoy te das cuenta lo difícil que es meter un tipo en una final, y ahí había dos. Y los dos eran argentinos”.