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A 64 años de la última pelea de Gatica

El 6 de julio de 1956, día en que el General, Pedro Eugenio Aramburu, anunciaba elecciones generales en el último trimestre del siguiente año, tiempos en los que aún era noticia para los matutinos el robo a una joyería en Munro y a una panadería en La Plata y que, dentro del ámbito deportivo, Argentina y Brasil empataban 0 a 0 ante setenta mil hinchas en cancha de Racing Club, también sería la fecha de la última pelea profesional de José María “El Mono” Gatica.

El estadio de Lomas de Zamora fue el escenario de la pelea que, a la postre, terminó siendo la despedida de los cuadriláteros del boxeador puntano, y Jesús Heraldo Andreoli, nacido en la localidad bonaerense de Benito Juárez, tuvo el privilegio de haber sido el último retador de este mito del boxeo argentino.

Tan excedida estaba la capacidad del estadio durante esa velada que Andreoli demoró más de media hora en llegar desde el vestuario hasta lograr trepar al ring, porque a pesar de encontrarse lejos de su apogeo, todos querían ver una vez más al “Tigre Puntano”.

El inicio del combate mostraba a Andreoli trasladándose y oscilando entre las cuerdas, era consciente que un triunfo esa noche le daría un gran envión a su carrera. Gatica ya estaba de vuelta pero aún conservaba ese instinto que lo había llevado a la gloria, aunque por su lado, el bonaerense no cedía espacios, cruzaba golpe por golpe y con un derechazo logró mandar a la lona en el primer asalto a la leyenda de Villa Mercedes.

En los posteriores asaltos, el aliento del público envalentonó al “Mono” que en base a potencia y personalidad conseguía sacar ventaja y buscaba que su adversario comience a sentir el poder de sus puños.

Sonó la campana del cuarto round, Andreoli se movía de lado a lado y proponía el intercambio de golpes mientras que Gatica buscaba con mayor énfasis pegar al cuerpo. Justamente, una izquierda descendente sobre el flanco derecho hizo recular a Andreoli, que al notarse ahogado, decidió arrodillarse, tomar aire y recuperar el aliento, esos segundos podían ser vitales para recuperarse y seguir en pelea. Su estrategia era esperar hasta ocho en el conteo pero, al mirar hacia la esquina, vio que su entrenador, a quién luego definió como un “pelotudo importante”, estaba dispuesto a tirar la toalla. El púgil de Benito Juárez hizo lo imposible para evitarlo, pero en su rincón ya se había tomado la decisión e inmediatamente, el juez falló nocaut por abandono en el cuarto asalto y da por ganador a José María Gatica.

La gente aclamaba al boxeador puntano, ese que no supo de grises ni medias tintas, ese que sembró idolatría y amor entre sus fans y odio entre quienes no lo eran. Luego recibió a su pequeña hija y con ella en andas, festejó y se paseó sobre el cuadrilátero con la arrogancia que lo caracterizaba. La imagen que dejó esa noche, no era para nada la del Gatica que supo trascender tras las cuerdas, pero era el final de su carrera, y a su entender, el retiro se dio con la gloria de un grande.