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“Decir, amigo”

Una tarde volvíamos de jugar al fútbol, tarde calurosa, esas de verano en las que no habíamos ido a la pileta porque estaba feo, después mejoró y el sol nos encontró en el medio del picado. Habíamos pasado una siesta típica de la infancia y mientras volvíamos a la casa del “turco” a tomar la leche el Ricardo me pasó un brazo por el hombro y fuimos caminando de esa manera, charlando del partido. Esa forma de caminar con el brazo en el hombro simplemente acompañando el pique de la pelota rumbo al campito es una de las primarias formas de amistad que yo recuerde.

Las demostraciones cotidianas habitan los recuerdos también. La mañana en que el Antonio tiró una tiza para adelante, en el grado, y la maestra creyó que era yo y me gritó “A firmar el libro de disciplina”, e inmediatamente el Antonito dijo “No señorita, fui yo”; y la docente no le creía y la convenció con el testimonio de la María, que era la mejor alumna. El Antonito fue para siempre mi amigo y aún hoy cuando nos cruzamos cerca de la clínica en donde es de los mejores pediatras, nos acordamos de aquel episodio mínimo pero trascendente para los comportamientos futuros y tan olvidados en muchos de los sectores de la sociedad de hoy.

No se puede ni se debe clasificar a la amistad, me parece. Es verdad que hay amigos de distintas etapas de la vida, desde la niñez hasta la tercera edad, pero soy partidario de no recorrer en forma abundante esa franja gris que hay entre el amigo y el compañero de algo, de algún momento, de un tiempo determinado. Si un compañero se convierte en amigo será fantástico pero no todos aquellos que comparten o compartieron horas de nuestra vida son realmente amigos.

El codo a codo, los códigos reconocidos con apenas con una mirada, el recuerdo de esa persona aun cuando hayan pasado años y viva en Nigeria son las señales de la amistad. Anécdotas y comportamientos que surgen cuando uno ha pasado ya gran parte de su vida y nos hacen sonreír y emocionarnos mientras escuchamos música, viajamos o simplemente estamos sentados en un sillón playero al costado del río en las vacaciones.

Esos brindis al cielo por los que nos están y para un costado para los que hace tiempo no vemos, a la hora de Navidad o un cumpleaños.

Siempre en charlas de bar alguno ha preguntado a otro “Y vos ¿Por qué sos amigo de ese tipo?”, casi despectivamente. Y a lo largo de los años, si bien no es exactamente igual la situación el momento de la pregunta y todo eso, escuché respuestas hermosas para explicar por qué alguien quedó para siempre como un amigo a pesar de no frecuentarse.

Uno dijo una vez: “Cuando estábamos en el secundario yo moría por una rubia a la cual hacía de todo para conquistarla y la mina estaba muerta con este tipo, del cual yo era compañero de curso solamente, apenas si jugábamos en el equipo de fútbol del grado y la verdad no lo tragaba mucho. Una noche en un boliche nos juntamos de casualidad y le pregunté por la rubia, por qué no la encaraba sabiendo que estaba al horno por él y el Oruga – como le dicen, todavía – me contestó. Yo sé que me daba bola pero no la quiero y apenas si saldría una vez de puro gusto pero fundamentalmente te haría bosta a vos que la amas y yo no hago eso con un compañero. ¡Qué cosa!, la rubia es hoy esposa de nuestro amigo al que no le daba bolilla y el Oruga sigue soltero y cachafaz”.

Tengo remembranzas personales, por cierto.  Terminé siendo muy amigo de alguien que ya no está y era un crack en el fútbol a los 11 años. Jugábamos en el intercolegial y yo era re suplente, me ponían poco y yo amaba entrar aunque sea diez minutos, el profe no estaba convencido de mis capacidades y parece que ya en aquella época ganar era casi lo único. Este compañero, el Miguelito, sabia de mis desvelos por jugar para el colegio: yo hacía las planillas, engrasaba la pelota, llevaba a lavar las camisetas pero para el profe que era DT, era poco menos que prescindible. Una tarde era el único suplente, habían muchos con gripe y jugábamos un partido chivo, y a los quince minutos se nos lesionó un delantero y me tuvo que poner el coach. En el segundo tiempo, jugábamos treinta y treinta, seguíamos cero a cero, y el Miguelito se mandó un gol de antología; yo casi ni había tocado la pelota del miedo que tenía y los gritos que pegaba el profe desde afuera. En los diez minutos finales nuestro crack estaba iluminado, en una jugada desparramó a tres rivales y cuando enfrentó el arco me vio venir, él hacia el gol lo mismo seguro,  y me la dio para que la empujara; al rato picó desde el medio y yo lo acompañé, mareó al arquero y antes de patear supo que yo venía de atrás, dejó muerta la pelota y me dijo “Dale Osvaldito, vos te lo mereces”. Al término del partido el Miguel dijo en voz alta “Y pensar que al Osvaldo lo tenemos en el banco y lo desaprovechamos”. No pasé a ser titular, por supuesto, pero entré más seguido y me sentí jugador del equipo por primera vez.

Apostillas de la amistad, las que se van agregando según pasan los años, de amigos sentados a una mesa ya de veteranos y percibir el brillo de sus ojos, ese cariño único e irrepetible. El de novias y travesuras, de goles y viajes, de chupinas y exámenes sufridos, de patrones y de compañeros.

Decir amigo es decir casi todo y con uno que tengamos en la mente y en el corazón basta para salir de cualquier pozo.

 

Por: Osvaldo Wehbe