FútbolMás Noticias

El campeonato que se perdió por una camiseta

Para Martin Bayle, vestir la camiseta del Club Nacional de Football de Montevideo demandaba un enorme sacrificio. El dinero que juntaba su padre Omar con su taxi, durante más de una docena de extenuantes horas diarias, apenas alcanzaba para mantener una familia numerosa con cinco hijos. Martín –a quien todos conocían como “el Mono” por “mis brazos largos, mis manos grandes y por mi cara”, se ríe– tenía que pelearla cada día para sembrar el sueño de llegar a la Primera División. Las changas en un supermercado del barrio le permitían pagarse el viaje que, cada jornada y a través de los colectivos 174 y 306, debía emprender entre Colón –un rústico barrio de obreros y laburantes del norte de la capital uruguaya– y Los Céspedes, el complejo deportivo de Nacional situado a 15 kilómetros del centro montevideano, bautizado con el nombre de tres hermanos –Amílcar, Bolívar y Carlos Céspedes– que vistieron la camiseta tricolor y también la celeste. “Yo no tenía plata para tomarme los bondis todos los días. Muchas veces me traía el preparador físico, muchas veces caminaba como loco para ahorrarme uno de los colectivos. Era una odisea”, subraya con amargura.

Aunque era hincha de Peñarol, como toda su familia, el Mono se incorporó a las filas del máximo adversario invitado por un amigo del barrio, el arquero Jimmy Schmidt, actualmente en el club colombiano Envigado. “Defendí los colores del Bolso como loco, hasta ahora sigo siendo hincha”, cuenta a El Gráfico desde Sevilla.

En 1997, Nacional arrancó con todo el campeonato de Sexta División. Bayle no sólo sobresalía como “volante tapón”, al estilo de los 5 clásicos uruguayos como Obdulio Varela o Néstor Goncalvez: también era el capitán del equipo. “A Peñarol le ganábamos siempre –destaca–. Ese año le ganamos de ida y de vuelta”. Los resultados positivos se fueron sucediendo uno tras otro, hasta clasificarse para la final. En esa instancia, al tricolor le tocó enfrentar a Defensor Sporting. El primer duelo se disputó en el Complejo Pichincha del club violeta de Parque Rodó. “Nos ganaron bien, uno a cero”, reconoce. El 10 de diciembre de 1997, Nacional recibió a Defensor para la gran revancha. Los dirigentes del Bolso decidieron que el partido se jugara en el estadio de Parque Central (uno de los que se utilizó en el Mundial de 1930 y en el cual Argentina derrotó a Francia 1-0 en su debut en ese torneo), donde se reunió muchísimo público. “Con Defensor siempre hicimos partidos muy picados, sucios, llenos de patadas. En la primera final, nos habían tirado cosas al bus que nos llevó. En la revancha, el clima siguió muy pesado. A nosotros nos vino a ver la barra del club, para alentarnos. Nunca habíamos jugado ante tanta gente. Era la época en la que Peñarol logró el Quinquenio de Oro (entre 1993 y 1997 se apoderó de cinco campeonatos de manera consecutiva), y nosotros teníamos la oportunidad de ganar algo, aunque fuera un torneo de Sexta”, rememora Martín.

En un encuentro duro, de pierna fuerte y mucha fricción, Defensor metió el primero y a poco estuvo de aumentar, porque el árbitro Gustavo Ziegler le otorgó un penal. Bayle protestó este fallo y se ganó una tarjeta amarilla. Sin embargo, la “pena máxima” fue contenida por Sebastián Viera, el arquero que luego sería compañero de Juan Román Riquelme en el equipo español Villarreal. En el segundo tiempo, las acciones violentas y las peleas se multiplicaron y el referí, poco a poco, fue echando jugadores de ambas escuadras, hasta que los dos equipos quedaron con sólo siete integrantes. Nacional, necesitado de revertir el marcador, se fue con seis hombres al ataque y consiguió empatar a los 44 minutos del complemento mediante su delantero Fabrizio Cabello. Defensor, que con ese empate se consagraba campeón, reanudó las acciones desde el medio. De inmediato, Bayle recuperó la pelota y se la pasó a Peter Vera, quien ganó un córner cuando el árbitro agregaba un par de minutos a los 90 que ya se habían extinguido. Vera lanzó el tiro de esquina, y Cabello, con un cabezazo al primer palo, consiguió una victoria agónica, emocionante, que obligaba a un partido de desempate tres días después. “Ahí se desató la locura. La gente gritaba como loca, y nosotros empezamos a festejar descontrolados. Yo, desaforado, me saqué la camiseta para revolearla mientras celebraba el golazo de Fabrizio”, relata Bayle con un dejo de amargura. Porque el árbitro Ziegler, al notar la incorrección del capitán de Nacional, le mostró la segunda amarilla y, de inmediato, la roja. “Me fui al vestuario muy caliente –enfatiza–, porque pensaba que me perdía la tercera final. Pero, a los pocos segundos, empezaron a llegar mis compañeros, todos llorando. ‘¿Qué pasó?’, les pregunté desconcertado. ‘Perdimos por tu camiseta’, me gritaron”. Con términos nada cariñosos, el técnico Luis González le explicó al Mono que Nacional había quedado con sólo seis futbolistas, lo que determinaba su inmediata derrota, a pesar de haber dado vuelta el marcador con enorme esfuerzo y amor propio. “Después, cuando todo el plantel se juntó a comer un asado, González, muy enojado, me dijo ‘me debés 150 mil dólares’. Pretendía que yo, un pibe pobre del barrio Colón, le pagara el premio que, según me dijo, el club le había prometido si obtenía el título”, asegura Bayle.

Para el Mono, la derrota fue el inicio de un calvario. El fatídico incidente llegó a los medios y, de la noche a la mañana, se convirtió en el hazmerreír de la capital uruguaya. “El caso tuvo tanta repercusión que apareció en todos los noticieros, en todos los diarios. Mi hermano mayor, Jorge, me ayudó mucho: consiguió que un amigo suyo le prestara una casita en Aguas Dulces –una localidad balnearia del departamento de Rocha, con sólo 300 residentes permanentes y a unos 270 kilómetros de Montevideo– para aislarme un poco durante unos días. Yo estaba muy deprimido”, confiesa. Al retornar a la capital oriental, Nacional lo cedió en préstamo a Villa Española, un club montevideano de la Segunda División, y luego a otro equipo de esa categoría de ascenso, Juventud Las Piedras, del departamento de Canelones. Finalizado este oscuro período, Bayle quedó libre y el fútbol se convirtió en parte de su pasado. El corte fue tajante: “Nunca más volví a jugar. Es más, nunca volví a ver un partido de fútbol en una cancha. En 2003, con 21 años, llegué a Sevilla. Ahora trabajo como camarero, pero solamente los fines de semana. Acá la cosa está difícil”, se lamenta. Diecisiete años después del extraordinario caso del equipo que perdió un campeonato por una camiseta, el Mono Bayle repasa con amargura su desdichada experiencia: “Yo sólo quería festejar y gritar”.

Por: Luciano Wernicke