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Nuevo aniversario del histórico triunfo de Juan Carlos Zabala

En los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932 el argentino Juan Carlos Zabala logra la primera medalla de oro para el atletismo nacional al imponerse en la maratón con récord olímpico.

El llamado “Ñandú Criollo” era huérfano desde muy pequeño y a los 5 años lo internaron en un reformatorio. Nació el 21 de septiembre. El año de su nacimiento no está del todo claro (1911 o 1912) debido a que, aparentemente, la fecha de su natalicio en su documento fue adulterada para poder competir en los Juegos Olímpicos ya que en ese entonces los menores de 20 años no podía participar.

Compartimos la crónica de la hazaña de Zabalita escrita por el enviado de El Gráfico a Los Ángeles Don Félix Daniel Frascara.

La maratón de Zabala
Por Félix Daniel Frascara

El entrenador del atleta contagiaba a todos su optimismo, explicaba la bondad de los tiempos, el maravilloso poder de ese organismo, la perfección del estilo, la aclimatación, etc., etc. ¡Zabala era una fija! No había uno solo que pudiera dudarlo. Y todos eran expertos cuando se hablaba de la maratón

La Carrera inolvidable.

Se llegó así al momento dramático de la largada de la prueba. En las gradas del estadio imponente, los argentinos formaban un grupito que se agrandaba bajo la bandera. Y cuando se dio la orden de partida, tomó la delantera el muchacho criollo, cubierta la cabeza con un gorrito blanco; chico, frágil en apariencia, parecía mentira que esa máquina fuera capaz de aguantar los cuarenta y dos kilómetros de acción ininterrumpida.

Dieron los competidores la vuelta a la pista y en el momento en que Zabala, capitaneando el lote, atravesaba el portalón para salir del estadio, la trompeta simbólica de la maratón saludó al leader desde el torreón.

Los competidores de la carrera máxima se habían ido y en el estadio prosiguieron disputándose otras pruebas de atletismo. Sin embargo, el grupo de argentinos no prestaba atención. Seguía imaginariamente el desarrollo de aquella carrera que debía ganar el muchacho de la Colonia…

-Yo estaba en el estadio -dice Oriani,- y puedo asegurar que se vivieron horas de verdadera angustia. Acaso fueran minutos, ¡pero qué largos! Por los altoparlantes anunciaron: “Maratón: ¡Primero Zabala!”.

Claro, si tenía que ser así…Pero de pronto del portavoz salió un nombre extraño: ¡Iba primero un finlandés! “Se ha dejado pasar! ¿Cómo puede ser, si tiene que ganar de punta a punta?! Y vuelta a sufrir, rogando al altoparlante que dijera algo, insultándolo con la mirada. Y dijo, sí… “¡Segundo, Zabala, argentino!” ¿Y el finlandés? Habría desaparecido…Tan mentira me parecía, que le pregunté al remero uruguayo Douglas, que estaba a mi lado: “¿Qué dice ese?” “Que va primero el inglés -me contestó – pero hay tiempo todavía” Tendría razón, pero no me convencía.

¡Se rompió el pibe!

Sufríamos -dice Oriani, -por la suerte de Zabalita, cuando vemos que se acerca Stirling. ¡Verde la cara, despeinado, deshecho! “Se ha roto…por luchar con el finlandés! No quiso dejar la punta y después vino el inglés, para rematarlo. ¡Se rompió el pibe!” (…) El sabía, era técnico, había que respetar su palabra, pero no le creíamos. No. ¡Zabalita iba a ganar! Miramos los relojes; ya debían estar de vuelta. Y al poco rato, volvieron a sonar las trompetas. ¡Llegaban! Se hizo en todo el estadio un silencio absoluto y se escuchó entonces la voz del anunciador: “¡Primero, Zabala, argentino!” Aquello fue, en el puñado de argentinos, un toque a fondo. Salió de las gargantas un alarido: ” ¡Zabala! ¡Zabala!” Y efectivamente, por el mismo portalón por donde lo viéramos irse, de espaldas, volvió a aparecer el gorrito blanco, ajustando la cabeza del argentino. Quisimos que la bandera le dijera lo que nosotros ya no podíamos…Pero yo tenía una preocupación aún: ” ¿Aguantará? ¿Podrá dar toda la vuelta?” El mismo se encargó de convencernos, pues al pasar frente a nosotros se sacó el gorrito saludó. Contamos entonces sus pasos, uno a uno, y cuando cruzó la meta no sabíamos si echarnos a correr o si tirarnos al suelo, rendidos.

Parecía que también los argentinos del a tribuna habían corrido la maratón…Por Zabalita, el héroe, se alzó la bandera en el mástil olímpico. Por Zabalita, el campeón, se tocó el himno argentino, malísimamente, pero nunca pareció más lindo. Y por Zabalita, el muchacho del pueblo, se puso de pie el estadio entero.

-Después lo vi -termina Oriani, -en el camarín. Descansaba. Había ganado la maratón más brava que se recordaba. Lo besé, como dándole las gracias y me dijo entonces: “No puedo ni llorar…”