Más NoticiasPolideportivo

A 60 años del oro de Muhammad Ali

Hace seis décadas nacía una estrella. Nadie lo sabía. Él no lo sabía: tenía apenas 18, edad en que el futuro se avista con más dudas que certezas. Con el diario del lunes, sin embargo, se recordaría aquel momento como el inicio de la leyenda.

Un 5 de septiembre, pero de 1960, Muhammad Ali conquistaba el oro en los Juegos Olímpicos de Roma. Bah, en realidad, no. La ficha de aquel evento indica otra cosa: el campeón fue Cassius Clay. Claro, en ese entonces, el nombre del boxeador más famoso de la historia era otro. Ya se explicará eso…

Por lo pronto, Roma. En unos Juegos en los que se empezó a marcar la distancia entre el capitalismo yanqui y el socialismo soviético, las casualidades quisieron que la final del boxeo semipesado fuera entre Clay, estadounidense, y Zigzy Pietrzykowski, de Polonia, alineada con la Unión Soviética. El moreno se llevó el triunfo por los puntos ante un rival duro, que cuatro años antes, en Melbourne, se había adueñado de la presea de bronce. La postal del norteamericano en lo más alto del podio es emblemática. “Cuando fue la entrega de las medallas, tenía a un polaco de un lado y a un ruso del otro. Había derrotado a las llamadas ‘amenazas’ de mi país”, contó alguna vez.

Tras esa gesta, un periodista soviético le consultó por su opinión con respecto a la segregación racial en Estados Unidos. Él, un patriota, le respondió: “Dígale a sus lectores que tenemos gente muy calificada tratando ese problema. Para mí, Estados Unidos es el mejor país del mundo, incluyendo al suyo”. Al aterrizar en su nación, Cassius Clay cambiaría de parecer.

Con su medalla colgada en el cuello, la cual no se sacaba ni para dormir, el campeón mundial quiso ir a una cafetería de su ciudad, Louisville. Allí no recibían a gente negra, pero pensó en que su estatus cambiaría algo. “Quiero un café y un pancho, por favor”, pidió. “Acá no servimos a negros”, respondió la mesera, despectivamente. “Tuve que abandonar el restaurante, en mi ciudad natal, donde iba a la iglesia y servía como buen cristiano. Acababa de ganar una medalla dorada, ¿y no podía comer?”, pensó Ali. Desde ese día, dejaría de verse a sí mismo como Clay, “mi nombre de esclavo”, y nacería Muhammad Ali. El bautismo no fue cristiano, convencional. No eligió bañar su frente con agua bendita, más bien, empapó su ansiado oro en la turbiedad del río: según contó en su biografía, “me fui al Río Ohio y tiré mi medalla ahí”.

En 1964, a cuatro años de haber tocado el cielo con las manos y con 19 victorias profesionales encima, el púgil se convirtió al Islam. Lo anunció un día después de su victoria frente a Sonny Liston, que le garantizó los cinturones pesados de la AMB y CMB. Pasó de ser Cassius Clay a Cassius X, para finalmente hacerse llamar Muhammad Ali, “El amado de Dios”.

Su postura contrariada a la supremacía blanca quedó aún más asentada en 1966, cuando rechazó la convocatoria del ejército yanqui a la Guerra de Vietnam. Ali expresó: “No tengo problema con el Viet Cong. ¿Por qué me pedirían que me ponga un uniforme y vaya a tirar bombas y balas a gente marrón en Vietnam, mientras que a los que llaman ‘gente negra’ los tratan como perros y les deniegan sus derechos humanos en Louisville?”.

El peleador fue condenado a prisión, lo despojaron de sus títulos y fue expulsado del boxeo por tres años. Esto no lo desalentó; siguió con sus ideales y volvió a pegar mejor que nunca.

Muhammad, quien luchó contra el parkinson y falleció en 2016, es recordado como un héroe por más que los golpes. ¿Su medalla? Debe seguir navegando aguas estadounidenses. Igualmente, en los JJ.OO. de 1996, en Atlanta,le dieron una de repuesto.

El tiempo se encargó de devolverle lo que siempre fue suyo.