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El partido más largo del fútbol argentino

El Campeonato 88/89 tuvo la particularidad que frente al empate en tiempo regular, los encuentros se definían por penales. El 20 de noviembre Argentinos Juniors y Racing hicieron historia.

Los últimos veinte segundos podían haberlo convertido en un partido más. Con otro resultado inesperado (la derrota del puntero), pero sin todo el sabroso condimento de lo que pasó después hasta completar un hecho inédito en la historia del fútbol argentino.

Carlos Ereros quedó en posición de remate, habilitado por un hermoso taquito de Rudman, lo vio adelantado a Balerio, midió el impacto, lo colocó en caída detrás del arquero y la pelota se fue lamiendo el travesaño. Pudo ser muy duro para Racing, que estuvo dos veces en ventaja y que había sido protagonista las dos terceras partes del encuentro, pero le hacía justicia a ese final de Argentinos Juniors. Que lo mostró más entero, más ambicioso, más incisivo, exponiendo la calidad de algunos jugadores como su marcador lateral Osvaldo Gregorio Rodríguez (21 años), el volante ofensivo Silvio Gabriel Rudman (19 años) y el zaguero central Fernando Gabriel Cáceres (19 años), como para confirmar la excelencia del semillero de La Paternal. Sobre esa última oportunidad perdida sonó el silbato de Carlos Espósito y comenzó otra historia. La de los tiros desde el punto del penal, con la serie de ejecuciones más larga, más interesante, más agotadora, más increíble y más insoportable (cuando íbamos por la segunda vuelta completa de diez jugadores por equipo) que hayamos vivido en una cancha de fútbol.

La primera vez que se definió un encuentro por penales en la Argentina fue entre San Lorenzo e Independiente por una de las semifinales del Nacional 1971. Empataron los 90 minutos (gol del Lobo Fischer sobre la hora), jugaron media hora de alargue sin modificar el score 2-2 y comenzó la serie de tiros para definir. Se ejecutaron 14 y se convirtieron 13. Pateó Perico Raimondo, devolvió el palo, quedaron parejos 6-6 y Pedro Salvador Chazarreta metió el séptimo para el Ciclón, clasificándolo finalista.

Por tiempo completo de juego más penales, aquel pudo ser más largo que éste de Argentinos-Racing en Caballito, cuya duración total sumó 135 minutos efectivos, dos horas y cuarto, de los cuales 45 minutos se consumieron pateando 44 penales. Esta cifra sí, es única en la historia del fútbol argentino y pude ser record mundial si alguno de nuestros lectores desparramados por los cinco continentes no nos informa de un caso semejante producido entre equipos de primera división en algún lejano rincón del universo.

De los 44 tiros que se  ejecutaron se convirtieron 39, lo que da un porcentaje de efectividad realmente notable: 88,63 por ciento. Esos números parecerían darle la razón a aquella vieja frase de un árbitro de la guardia vieja, Carlitos Nai Foino, cuando los jugadores de River le pidieron la repetición del penal que Roma le atajó a Delem: “AIRE, PENAL BIEN PATEADO ES GOL. . .”.

Máxime si los comparamos con otras definiciones de este campeonato resueltos en la primera serie de diez tiros por remates desviados o atajados. En ese caso, resultaron fallidos los dos primeros intentos: Walter Fernández dejó temblando el travesaño con un zurdazo alto y Oscar Dertycia remató totalmente desviado. A partir de esos dos tiros negativos, sobrevino una serie espectacular. Patearon y convirtieron los diez jugadores de cada equipo (Rubén Paz y Carlos Redondo habían sido expulsados a los 24 minutos de juego), incluidos los arqueros Balerio y Goyén, dejando el score de la definición 9-9. Recomenzó Walter Fernández para Racing, puso los tantos 10-9 y siguieron convirtiendo los mismos que ya habían pateado la primera serie hasta llegar al tiro número 33, igualados en 15 goles. Recién a esa altura se registró el primer penal atajado: se lo sacó Goyén a su compatriota Chupete Vásquez, tirándose en gran forma hacia su palo derecho. Podía desempatar Ereros en el remate siguiente, pero su remate recto pegó en el pie izquierdo de Balerio cuando el arquero racinguista iba hacia su palo derecho. Los seis disparos siguientes fueron adentro y se completó el ‘ballotage’ de los diez jugadores de cada equipo.

Para entonces, el entusiasmo y la excitación habían sido copados por otro sentimiento: agotamiento y hastío. Adentro de la cancha y en las tribunas. Comenzó la tercera vuelta. Walter Fernández metió el penal número 40, Sergio González un uruguayo que le pega muy bien, convirtió el 41 y el Panza Videla fue a tirar su tercer penal contra su ex club. La atajada de Goyén fue fantástica y la hinchada local, tras la ovación al arquero, tuvo un simpático gesto alentando a Videla con el grito de “¡Dale Panza!”. Quedaba el tiro número 44, Jorge Gáspari, el hombre que hace diez años le metió a Rosario Central el zurdazo decisivo para consagrar campeón al viejo Quilmes Atlético Club, arrancó tranquilo hacia la pelota y definió con clase su tercer penal, en ese crepúsculo inusual que vivimos en Caballito. Argentinos había ganado la definición por 20 contra 19.

Hubo un suspiro general de alivio. Entre los que tiraban, cada vez más fundidos física y síquicamente, enfriándose a medida que pasaban los tiros y todo seguía igual. Entre los dos arqueros, sometidos a la casi patética situación de verse fusilados una y otra vez, con la lógica desmoralización que eso produce en el ánimo de los más templados. En el árbitro Carlos Espósito, obligado a controlar la pelota, la posición del arquero y el posible amague del tirador en cada uno de los 44 penales pateados. En el lineman Abel Gneco, haciendo gimnasia en la mitad de la cancha para sacarse el frío de encima. En los espectadores, que ya no soportaban lo prolongado y agotador del espectáculo.

Argentinos ganó un punto más, y allá, detrás del otro arco, brotó como si alguien hubiera oprimido un botón invisible, ése que le da rienda suelta al amor por los colores, el grito de “…DALE, Y DALE, Y DALE, DALE RACING. . .”. Más allá de la decepción por el punto perdido y el otro que se fue con los penales, los hinchas de la Academia seguían festejando la punta de la tabla.