Polideportivo

Nicolino Locche, el artista que atravesó la historia del boxeo

Se trata de una hazaña deportiva sublime, de la que ya pasaron 50 años. Sólo él, un boxeador distinto a todos, pudo realizarla. Para muchos amantes del deporte, ningún otro atleta la equiparó. Ni siquiera Jorge Newbery, Juan Manuel Fangio, Guillermo Vilas, Diego Maradona o el que sea. Sentida hasta las lágrimas por aquellos nacionalistas que se estremecían cuando la bandera argentina flameaba victoriosa lejos del Obelisco.

Nicolino Locche es el gran protagonista de este guión festivo, receptor de una crónica narrativa que admite terminología literaria como si fuese un cuento de hadas con final feliz. Su combate con Paul Fujii se convirtió, para los aficionados y expertos, en la pelea favorita de toda la historia del boxeo nacional. Esto implica que Locche vs. Fujii es la página pugilística más querida por los argentinos. La más popular. Sobre cualquier otra. Más que Bonavena-Alí o Monzón-Benvenuti.

Aquel célebre 12 de diciembre de 1968, en el Kuramae Arena, de Tokio, Japón, nacía la leyenda del máximo ídolo del pugilismo nacional: Locche, un boxeador veterano con apariencia de hombre grande, de 29 años y 106 peleas, de las que sólo había perdido dos.

Una imagen atrapante

Su rostro era indiferente a todo. Arriba y abajo del ring. Siempre fue así. De joven y de viejo. Cara de gringo, blanco y con nariz de boxeador, ancha y llamativa. Sabía moverse en el cuadrilátero, a veces en puntas de pié, sacando pecho y cola a la vez, tal si fuese una paloma. Su cuerpo distaba al de un atleta ideal, pero era realmente fuerte. De mucho torso y poco músculo. De una concentración absoluta y una percepción fantástica del deterioro del rival. Sobre todo el psíquico.

Manejaba el visteo y el movimiento de su cintura con la precisión de un radar. En sus tiempos, la defensa “cotizaba” en la puntuación de este deporte y alimentaba los valores del arte. Y Nicolino era un virtuoso. En las cuerdas, con el bloqueo y el barrido para anular al pegador. Pasó a llamarse “El Intocable”.

A todo esto, algunas veces, le agregó sacrificio e intensidad. Como cuando batió a Paul Takeshi Fujii, un hawaiano que nunca tuvo el amor de los japoneses pese a vivir allí. Y que con 28 años y 33 peleas, con el aval de dos tremendos KO sobre el italiano Sandro Lopopolo y el alemán Willi Quatour, pintó el aire del ring durante esa noche con su cara de kamikaze condenado a la hoguera y con sus ojos que se iban achinando round tras round por un trabajo formidable de Locche con su jab y su gancho de izquierda. No le hizo falta usar la derecha, más allá de sus precisos uppercuts que hacían saludar al asiático tal si fuese el hombre más educado del planeta.

Juan Carlos “Tito” Lectoure, que fue su promotor durante toda su carrera y secundó a Don Paco Bermúdez, director técnico de Nicolino, en el rincón durante esa velada, sostuvo alguna vez: “Locche-Fujii es una puesta perfecta que debiera exhibirse obligatoriamente cada seis meses en todos los círculos ligados al boxeo. Fue una obra de arte. Un combate perfecto. Si hubiese transcurrido en Las Vegas veinte años más tarde, Locche hubiese vuelto locos a los norteamericanos. No lo dudo”.

Una transmisión inolvidable

La consagración implicaba llegar al sol naciente, allí donde Pascual Peres había ganado la primera corona mundial para el boxeo argentino ante Yoshio Shirai, en 1954, y donde Horacio Accavallo apuntaló la siguiente ante Katsuyoshi Takayama, en 1966. Y desde allí, el imperio deportivo de Radio Rivadavia le puso música a su obra.

Quizá parte de la magia de este combate estuvo respaldada por la inspiración que por entonces le puso al relato el gran Osvaldo Caffarelli, el ritmo de Cacho Fontana y los dramáticos vaticinios de Ernesto Cherquis Bialo, que a modo de premonición, entre el 9º y 10 º round, prologó su frase célebre: “¡Si a Fujii le preguntan si se va o se queda ya mismo quiere irse de este infierno!”.

Aquellas voces parecieron convertir el sonido de las gargantas y los golpes en imágenes gloriosas; configurando una transmisión única. Quizá la mejor de toda la historia de la radiofonía deportiva. Sólo la narración del gol de Maradona a los ingleses, por Víctor Hugo Morales, pudo lograr tal resonancia.

El hawaiano, abatido en su rincón, sentado y sin visión, abandonó cuando sonó el gong para el inicio del 10 º round. Locche ganó por knock-out técnico y se consagró campeón welter jr (Asociación Mundial de Boxeo). Enamoró a los argentinos con su sistema de pelear, en donde el esquive y el contraataque frenaron a los mejores campeones. Hizo de ello un sello personal. Inimitable e irrepetible.

Los nipones no perdieron su pudor y lo aplaudieron como a ningún otro forastero que pasó por sus escenarios. Con una reverencia muy propia que nadie pudo explicar en ese momento.