A partir de hoy tenemos el privilegio de compartir con todos ustedes una columna de opinión sobre temas relacionados con el deporte abordados por Pablo Faliti, Coach ejecutivo y deportivo, y un destacado dirigente deportivo.
Hay una situación que se repite en muchos clubes y que, de tan habitual, muchas veces dejamos de mirar. Un jugador que llegó de chico, que hizo inferiores, que creció con la camiseta puesta y que tuvo sus mejores momentos deportivos en esa institución, un día decide irse.
No hubo una pelea. Nadie lo echó. En algunos casos tampoco apareció una gran oferta económica. Simplemente apareció otro club y decidió probar.
La explicación suele ser conocida: “Ya no hay sentido de pertenencia”, “los chicos de hoy son así” o “en otro club le ofrecieron algo y se fue”.
Puede ser. Pero hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿qué pasó antes de que ese jugador decidiera irse? Porque la salida se ve, pero todo lo que ocurrió antes no siempre.
Un deportista puede empezar a alejarse mucho antes de pedir el pase. Tal vez dejó de sentirse escuchado, perdió claridad sobre el lugar que ocupa dentro del equipo o comenzó a sentir que solamente es importante cuando juega bien, hace goles o es titular.
Hasta que aparece otro club y le ofrece algo que quizás no tiene que ver con dinero ni con infraestructura: le devuelve la sensación de sentirse importante. Ahí empieza lo que llamo la fuga silenciosa. No es el momento en que el deportista se va. Es el momento en que empieza a dejar de sentirse parte. Un club es mucho más que lo que se ve
Cuando hablamos de un club pensamos en equipos, categorías, entrenadores, dirigentes, canchas, competencias y objetivos. Todo eso es necesario, pero hay otra dimensión que muchas veces queda fuera de la planificación: las relaciones.
Un club también es la manera en que un entrenador habla con un jugador después de un mal partido, cómo se recibe a un chico que llega por primera vez, qué lugar ocupa quien no está jugando y qué posibilidades tiene un juvenil de imaginarse creciendo dentro de la institución.
Por eso me gusta pensar al club como un Ecosistema Vivo: una organización donde las personas están conectadas y donde lo que sucede en una relación termina influyendo en muchas otras. La pertenencia no se puede exigir. Se puede construir. Y se construye, sobre todo, en lo cotidiano. El jugador necesita sentirse parte, incluso cuando no juega.
Hay una contradicción frecuente en el deporte formativo y amateur. Decimos que queremos formar personas, pero muchas veces terminamos tratando al deportista según su rendimiento.
El titular recibe reconocimiento, el goleador aparece en las redes y el que juega bien es destacado. Pero ¿qué ocurre con el que perdió el puesto, con el juvenil que todavía necesita tiempo o con aquel que entrena todas las semanas y casi no tiene minutos?
Ahí empieza a verse realmente la cultura de una institución. Un club puede ser exigente y, al mismo tiempo, cuidar a las personas. Exigir compromiso, disciplina y rendimiento no debería significar hacer sentir descartable a quien atraviesa una dificultad.
Cuando un deportista entiende que puede competir, equivocarse, mejorar y volver a intentarlo sin sentir que su lugar está permanentemente en riesgo, aparece algo fundamental: confianza. Y la confianza sostiene vínculos. La infraestructura que no figura en ningún presupuesto.
Los clubes invierten mucho tiempo y dinero en mejorar sus instalaciones, conseguir equipamiento o competir mejor. Es lógico. Pero existe otra infraestructura que no aparece en ningún balance y que puede ser determinante: la infraestructura humana.
Está en un saludo, en una conversación, en la forma de explicar una decisión o en el interés genuino por saber cómo está alguien después de una lesión. También está en el respeto hacia el utilero, el encargado de mantenimiento, el entrenador, el juvenil que recién comienza o el jugador que quedó en el banco. Son pequeñas acciones, pero construyen una experiencia. Y la experiencia de pertenecer no se construye en los discursos institucionales. Se construye en esos momentos que muchas veces nadie registra.
Cuando alguien se va, quizás tengamos que mirar hacia adentro. Ante la salida de un jugador solemos buscar responsables. El entrenador, los padres, el dirigente, el propio jugador o el club que lo recibe. Sin embargo, las organizaciones deportivas son sistemas de relaciones y lo que sucede dentro de ellas casi nunca tiene una sola causa.
Por eso, cuando una categoría empieza a perder jugadores, quizás la pregunta no debería ser solamente “¿por qué se quieren ir?”, sino también “¿qué estamos dejando de ofrecerles?”
¿Hace cuánto no hablamos con ellos? ¿Sabemos qué esperan de la institución? ¿Sienten que pueden crecer? ¿Ven un futuro posible dentro del club?
Son preguntas incómodas, pero probablemente más útiles que buscar culpables cuando el problema ya explotó.
Porque cuando un jugador anuncia que se va, muchas veces la decisión ya está tomada. La fuga comenzó mucho antes. La cultura también compite.
No todos los clubes tienen el mismo presupuesto, las mejores instalaciones o la posibilidad de contratar a los mejores entrenadores. Pero todos pueden trabajar sobre algo que no depende exclusivamente del dinero: la experiencia de pertenecer.
Un club puede no tener la mejor cancha y ser un lugar extraordinario para crecer. Puede no contar con el mayor presupuesto y conseguir que un jugador quiera quedarse. Puede no ganar todos los fines de semana y, aun así, formar personas que lleven esa camiseta durante toda la vida.
Por eso creo que uno de los grandes desafíos de las instituciones deportivas no es solamente captar talento, sino conseguir que ese talento quiera quedarse.
Y para eso no alcanza con pedir sentido de pertenencia. Hay que construirlo todos los días, en cada entrenamiento, en cada conversación, en cada decisión y en cada vínculo.
Eso es, para mí, un Ecosistema Vivo: un club donde las personas no están unidas solamente por una camiseta, sino también por los vínculos, las experiencias y el propósito que construyen alrededor de ella.
Quizás la mejor estrategia para evitar que un deportista se vaya no sea ofrecerle algo para convencerlo de quedarse. Quizás sea construir, desde mucho antes, un lugar del que no tenga ganas de irse.
Pablo Faliti
Coach ejecutivo y deportivo · Dirigente deportivo
